Exaltación de la Capa Alistana en San Juan del Rebollar. 11/11/2018
Ana Pedrero.
Una exaltación de la capa de honras que cobra aquí, en vuestros pueblos, entre vuestra gente, su sentido y su razón de ser. Aquí, en Aliste, donde duerme su sueño en los arcones y en los armarios donde se guardan entre membrillos la ropa de ceremonia, los tesoros heredados de generación en generación que nos hablan en pleno siglo XXI de un lugar donde no existe el tiempo, de unas raíces que se hunden firmes en la tierra, de una historia, de una forma de vida, de la supervivencia extraordinaria de una prenda única y de quienes la han vestido, supervivientes también de tanto olvido.
Es aquí, en Aliste, donde resucita su paño, tupido, compacto, cuando los pueblos y sus gentes celebran el ciclo de la vida, las estaciones y los solsticios, las alboradas y las rondas, cuando se ponen a orear los manteos en la fiesta del santo patrón o se consume la cera nueva en los altares y viene el tiempo de la penitencia y de los ayunos, de Pascuas a Ramos, para abrir después el tiempo de la vida y de las flores, las romerías y las peregrinaciones a las ermitas y santuarios.
Porque a veces aquí, en Aliste, es como si el tiempo no existiese o no tuviese medida ni prisa ni efecto, como si la brújula ni la rosa de los vientos no mirasen hacia este oeste cuyo aislamiento lo ha preservado como santuario de la naturaleza y de los usos de los hombres de bien.
Aquí, solo aquí, cobra sentido la belleza, la solemnidad, la majestad de la capa de honras, de la capa de chiva, la más bella prenda que existe entre la más bella indumentaria tradicional, la de Aliste, tan sencilla, tan bonita, tan a salvo del mundo y sus mentiras con lo bueno y lo malo que ello conlleva.
Aquí, en Aliste, donde los hombres la han acomodado sobre sus hombros, a la anchura de sus espaldas generación tras generación; esos hombros que han sostenido la labranza, la ganadería, la dureza del campo y del pastoreo, el trabajo, el reto de vivir y sobrevivir en un mundo que cada vez entiende menos de todas estas cosas; esos hombros sobre los que ha florecido como un milagro la belleza intemporal, casi mística, de la capa de honras, nacida como de la tierra, brotada, recia, del mismo color oscuro de sus caminos y surcos. Austera, amorosa, sobria y cálida como las propias gentes alistanas, como su abrazo tan de verdad, como las puertas de su casa siempre abiertas y el plato dispuesto sobre el mantel para el que llega a una tierra donde nadie es forastero.
No. No es una capa de pastoreo, la indumentaria humilde de un pastor, como tanto se ha pregonado de forma errónea. No. La leyenda alimentada en torno a la capa es muy bonita, es bucólica, pero es solo eso, una leyenda que se repite de boca en boca y que cobra mayor relieve en la capital zamorana cuando llega la noche del Miércoles Santo y sale a las calles de la ciudad una procesión de pueblo con el Cristo del Amparo sobre un manojo de cardos y una calavera a morirse cerca del Duero, con el sonido lúgubre del bombardino templando la noche de las tinieblas, el clamor de las carracas, la salmodia del arrepentimiento, cuando la capa es hábito del penitente, la más bella túnica de los días de la Pasión.
Infiernos de nieve y cencella, de nieblas y humedades, de hielo en los regatos y escarcha en los pastos y en las huertas; infiernos, inviernos de aullidos de lobo, de romances y cuentos junto a la lumbre, de soplo gélido como el filo de un hacha sobre el rostro que ha labrado la peculiar geografía, el mapa de las curtidas pieles de los alistanos, la sabiduría de sus arrugas, sus manos agrietadas donde solo cabe verdad, solo trabajo.
Fijáos, y os lo digo en la iglesia. Siempre he pensado que Cristo a la hora de partir el pan tendría las manos limpias, sinceras, de las gentes de aquí. Que sería el de la Cena Última un pan de Carbajales, redondo, de corteza áspera y gloria bendita en su corazón de blanca miga, crecido con el soplo de la leña ardiendo.
Pueblos que os veis expoliados de vuestra gente joven, de los niños por las calles, del futuro en la mirada, de jóvenes madres, de bebés en las cunas;pueblos que habéis sabido mantener intacta la dignidad y el orgullo, la bondad en los ojos, los cantares en la lengua y también en el alma, en los latidos al ritmo ternario del charro, la cinta para el pelo, la hebilla para el pie. Pueblos que no le debéis nada a nadie, mientras que la vida y la historia os deben tanto. Tanto.
No. No es capa de pastor. Es la capa parda de las ceremonias y las celebraciones, la que desde niña he visto en la obra de mi padre, Antonio Pedrero, siempre fascinado por su hechizo, por la elegante sobriedad de su factura, inmortalizada en un ciego que canta en romance la leyenda del Motín de la Trucha junto a Santa María La Nueva, la primera, casi la única rebelión del pueblo zamorano contra el poder establecido y los privilegios de unos pocos a favor de la igualdad de todos.
No es una capa de pastor, que es de honras porque la habéis honrado a través de los siglos las gentes humildes y trabajadoras, buenas, puras, del Aliste, de este oeste tierra de nadie, este oeste a caballo entre España y Portugal, allá donde los alcaldes toman su bastón de mando abrigados en su caricia parda en señal de respeto.
Ha sido el pueblo quien ha forjado a lo largo de los siglos una prenda que, hoy sí, lucirá sobre los hombros de quien la merece con todos los honores por justicia, en reconocimiento a toda una vida de juglar y de estudioso, de músico, etnógrafo y poeta; de querer y de cantar muy dentro a esta tierra, de conocer y divulgar su cultura, sus voces antiguas, sus leyendas; un hombre de la talla de Joaquín Díaz, que une su honor, su dedicación, su prestigio a la capa que nos abriga el alma, la de todos. Enhorabuena, Joaquín.
No es una capa de pastor, es el alma, el signo de Aliste. La capa del padre, en el nombre del padre, en el bautizo; la capa a estrenar del novio en la boda, como un torero que sale de la aguja en la tarde de su alternativa, la primera de todas las tardes de su vida; la capa del respeto en los duelos, la capa del anciano en las procesiones, cuando en bajan a Cristo de la Cruz en el Desenclavo y lo presentan a los brazos de la Madre cargada de luto antes de la Resurrección. La capa tejida con el cántico hondo de las Cinco Llagas y el Miserere en las voces graves de los hombres, en las voces imposibles y agudas de las mujeres alistanas cuando despunta el mediodía del Viernes Santo ante un Calvario de piedra junto a un camposanto.
Tiene que ser aquí, en Aliste, y no en otro sitio porque solo aquí conocéis los secretos, lo que los demás no conocen, porque lo lleváis escrito en la piel como un código genético, como los misterios de un Rosario que rezáis, sin saberlo, desde el vientre de vuestras madres, desde la cuna.
Decidme, decidme cuánto pesa el tiempo, cómo es, a qué sabe el aire del otoño, cómo suena el golpeteo de la lana de la oveja negra castellana en el batán, en qué pentagrama se escriben sus ecos, o el de las esquilas en la noche, las carreras locas de las filandorras y las madamas, las loas, las coplas de ciego, los ofertorios, los romances atrapados en los ecos antiguos de una zanfona, en las voces de los mozos bajo los balcones en las noches sin luna y de ronda, en la noche de San Juan.
Decidme si recordáis el traquetreo de los telares, cómo se cuantifica lo intangible, lo que no se ve, que es como la fe; quién custodia la ciencia, el oficio secular de los sastres que se dejaron los ojos y los dedos pespunteando los picados en paño negro, herederos y transmisores de la confección de una capa, del milagro.
Decidme cuánto pesa el orgullo de los mozos que la han portado sobre sus hombros por vez primera, los silencios guardados bajo la cogulla como un secreto de confesión con uno mismo, la emoción del hombre casadero en la víspera del compromiso cuando la recibía de sus mayores, el respeto de quienes portaban las parihuelas y ataúdes y doblaban sus remates para ocultar sus picados en señal de luto, tan sencillo, tan sin aderezos pero tan de verdad.
Dime tú, Chabeli, cuánto pesa la ausencia de Esteban, cuánto amor hay en el abrazo eterno de su capa, ya para siempre.
Contadme cómo duele ese duelo, cuando la tierra se abre para ser sábana, mortaja; cuando las carnes se abren bajo el lino y se va la vida sin sangre ni heridas; cómo resuenan los ecos de los rezos, los pasos hasta el Calvario; cómo se mide la emoción de un Miserere a la manera de Aliste, Ten mi Dios, mi Bien, mi Amor, misericordia de mí; cuánto alumbran en la noche de los tiempo los miles de faroles de pajar que han encendido de rezos el camino de Cristo y su Madre por las calles desde el principio de los tiempos hasta nuestros días, ahora y siempre.
Solo aquí, solo en Aliste, solo vosotros lo sabéis. Solo vosotros podéis transmitir todo esto a quienes sientan un día la caricia, el abrazo, el peso de una capa de honras sobre sus espaldas, que es el peso de todo lo que sois, de vuestros ancestros, del Aliste santo que hay que mostrar sin renunciar a su esencia, a su misterio, al milagro apacible de su día a día.
Por eso os doy hoy dobles gracias en esta mañana en que habéis dejado que mi voz sea de todos y para todos y contar y cantar al amparo de estos muros la emoción, el milagro de vida que encierra cada Capa de Honras que solo es posible entender, sentir, aquí, con vosotros, entre vosotros.
Vuestros pueblos son los palacios, vuestras casas son los templos. Vosotros sois la honra.
Muchas gracias."
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