Alcañices, visto por Manolo Prieto. Renacimiento

 


Como un castillo roquero al que lamiera sus cimientos el cristalino arroyo de “la Ribera”, frente a la portuguesa comarca de Tras os Montes, se erige Alcañices; la Villa a cuya fundación tanto contribuyeron los Templarios, y que más tarde, al pasar a la Corona, se constituyó en Marquesado.

Su casco urbano, está circundado por frondosos parajes y apacibles valles. Destacan entre otros, la agreste serranía de “Bozas”, que lo separa de Portugal, y ese pintoresco pago de “Valmojao”, que se pierde entre las enjaradas estribaciones de “Portilla Blanca”, elevado puertecillo por donde discurre serpenteante la carretera que conduce a Braganza.

Fue en tiempos, centro de atracción comercial, auténtica capitalidad de Aliste, y cabeza de un extenso partido judicial, hay día cercenado en razón a una más eficiente división administrativa.

No es fácil en la actualidad, el hacer una somera semblanza de esta Villa: “Si pasas por Alcañices, no preguntas que hora es; porque el reloj de Alcañices, da la una y son las tres…” – dice una antigua canción alistana.

Pero si ese reloj que se asienta sobre uno de los cubos del antiguo recinto amurallado, fuera capaz de detener la marcha del tiempo y pudiéramos echar una mirada retrospectiva al Alcañices de hace unos decenios, observaríamos que lo que hoy es plácida vida pueblerina, fue en otra época desmedida actividad.

A ella contribuían su floreciente y bien abastecido comercio, y sus mercados semanales de miércoles y sábados, donde multitud de alistanos, procedentes de los más apartados rincones, se daban cita en esos días en el amplio y hoy desaparecido local del “Portalón” para vender sus productos. Al “Portalón” afluían los cereales-pienso; las aves, las frutas y hortalizas de Nuez, las castañas de Latedo y Villarino y también los vinos; esos recios vinos de Fermoselle que tanto aceptación tenían en la región.

Animado ajetreo en aquellas mañanas de mercado, con bullicio callejero y donde el tira y afloja de la oferta y la demanda, se salpicaba con aquellas típicas frases de “... a a 22 y la alcabala” o “... a 15 reales la cuartilla”, culminándose la transacción con el “... ate a como sea” o con el mejor y más honrado de las broda con que se suele cerrar un trato, “que haya salud...”

Y los aldeanos de Aliste, al terminar el mercado, invadían posadas y tabernas para degustar el pulpo, el bacalao o el picante guisado de ternera, y adquirían sus prendas de vestir, la “lucilina” para sus candiles o sus prácticas “cholas” de rústicos y gruesos maderos, que tanto le facilitarían el deambular por las embarradas calles de sus pueblos. y si el mercado coincidía en semestre de cobranza, con el importe de sus ventas, abonaban la contribución.

Fiel exponente de su artesanía, eran los talleres de calderería a cargo de magníficos artífices. Famosas sus importantes ferias anuales de la Salud, San Mateo y Todos los Santos. Existía un tratado comercial con Portugal, que de modo oficioso debió extenderse hasta 1910, y que permitió la realización de buenas operaciones mercantiles, sobre todo en el comercio de ganado vacuno y lanar.

También Portugal proveía de corcho a las industrias de este ramo que había en Alcañices. Una reata de chillonas carretas, subiendo la empinada cuesta de la “Herradura”, anunciaba al vecindario la llegada de los portugueses con el corcho. Más tarde, tras laboriosa manufactura, los tapones fabricados en Alcañices, se exportaban a las más diversas provincias españolas.

Amplio y variado era el capítulo de fiestas y diversiones. Nos referimos en primer lugar a sus fiestas de San Roque, en las que los propios preparativos constituían ya de por sí una atracción más. El nombramiento de comisiones, la recaudación de fondos, los viajes a la dehesa a elegir los novillos que habrían de lidiarse, y un sinnúmero de graciosas anécdotas, a cargo siempre de típicos personajes, mantenían constante expectación al vecindario.

Pero la verdadera animación comenzaba a partir de 14 de Agosto, cuando las reses cruzaban el puente de Pino en dirección a Alcañices, y los aficionados, utilizando los más variados medios de transporte, se trasladaban a dicho paraje para presenciar el paso, y acompañar a la comitiva en ese itinerario que los vaqueros sigilosamente trazaban hasta situar al ganado en las proximidades del pueblo.

El día 15, el toque de la campana del reloj, con el alegre compás torero del “dan, dan, dan, que los toros ya vendrán...” congregaba en la “Tijujueras” a una abigarrada muchedumbre, que a pie y a caballo, con sus varas, sus garrochas y sus trallas, espantaría el ganado, lo dispersaría por las tierras recién segadas, lo tentaría, aguantando sus embestidas y revolcones, y más tarde, haciendo alarde de valor y destreza, procederían a su recogida en un prado cercano, desde donde se conducirían el 17 a los toriles de la plaza, a través de la calleja de la cárcel, entre silbidos, trallazos y tritos de emoción, que ponía una alegre nota de colorido y tipismo.

De las fiestas de la Virgen de la Salud; recordaremos con nostalgia al inmenso gentío que acudía a la feria, y que más tarde, en el amplio templo conventual, presenciaría en recogido silencio, aquel original descenso de la Virgen desde el altar hacia el carro triunfante. Y seguidamente aquella fervorosa procesión por las las calles del pueblo, donde se esparcían en acotados espacios, los puestos de venta, los baratillos y aquellos enormes montones de trillos y aperos de labranza que llenaban la plazuela del Convento.

El ambiente cultural de la época, estaba representado por la gran afición al teatro que siempre se sintió en Alcañices. Dignas de recordar, son aquellas simpáticas veladas teatrales, donde aficionados del pueblo unas veces, y profesionales ambulantes otras, se celebraban en aquel local del Marqués, transformado más tarde en sala de cine, y que hoy día se ha convertido en un almacén de cereales.

Y como en la Villa, afluía la actividad profesional de numerosos y cultos funcionarios, hemos de recordar que allá por los años 1913 al 1918, de la mano de un Juez de Instrucción, don José Cimas Leal, y bajo la experta dirección de un Registrador de la Propiedad apellidado Pastor, redactor que fue de El Imparcial, se fundó en Alcañices un periódico semanal titulado “El Renacimiento”, y que vino a ser el órgano de expresión de los intereses del partido. Contaba con numerosos suscriptores y con corresponsales en Tábara y Carbajales de Alba, siendo célebres las semblanzas que hacía don Benjamín Sánchez, ilustre abogado de grato recuerdo, y aquellas espontáneas colaboraciones de numerosos socios de “El Pampi”, sociedad recreativa, bajo cuyos auspicios se fundó “El Renacimiento”.

Pero los innegables adelantos del progreso, las comunicaciones, la proliferación de vehículos y la natural despoblación de la localidad, donde la emigración ha dejado una honda huella, transformaron radicalmente su medio ambiente.

El estar incurso Alcañices y su comarca en las acciones preferentes que el Gobierno ha programado para el Oeste de la provincia, hacen concebir para esta región, un futuro próspero.

Se funda esta esperanza, en la realización de una ambiciosa acción ganadera, una eficaz prospección minera, el incremento al turismo, la mejora de comunicaciones, una reactivación comercial hispano-portuguesa, y sobre todo, la ansiada creación de puestos de trabajos que permitan vivir a sus hombres, estrechamente hermanados, en la entrañable tierra que les vio nacer.

Zamora, noviembre de 1972.
Manuel Prieto Santiago

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