El carocho y la obisparra de Figueruela de Arriba


Antonio Pérez Martín, Catedrático Emérito de Historia del Derecho, natural de Figueruela de Arriba, dice así sobre "El Carocho y la Obisparra de Figueruela de Arriba".

Voy a tratar de fijar por escrito en qué consistía el carocho y la obisparra de mi pueblo, Figueruela de Arriba, de acuerdo con mis vivencias de niño. Con ello quiero dejar constancia de unos ritos o costumbres ancestrales para que otros traten de descubrir su origen y sentido. Ritos que por desgracia hace ya una veintena de años que desaparecieron, como primer signo de la decadencia galopante de un pueblo que si Dios no lo remedia lo acerca inexorablemente a su fin.

Me limito a reseñar los elementos substanciales de dichos ritos, puesto que los accidentales variaban en cada caso con su puesta en escena de acuerdo con la mayor o menor inventiva de sus actores.

Lo primero era elegir a los actores. La elección se hacía entre y por aquellos mozos que la noche o noches precedentes habían "echado un papel de comedia". Era usual que los mozos en esas fechas representaran en un "corral" convenientemente adecuado una obra clásica de teatro. La entra da al acto era completamente libre y asistía no sólo el pueblo en pleno, sino también gente, sobre todo joven, de los pueblos vecinos (Figueruela de Abajo, Villarino, Riomanzanas, Moldones, etc.). Pues bien, quienes habían intervenido en la representación teatral, por mutuo acuerdo, o si este no se podía conseguir, por sorteo designaban quiénes debían representar el día de San Esteban los papeles que a continuación se indican.

En primer lugar, el del carocho y el del soldau El personaje principal, sin duda alguna, era el carocho. Su representación solía recaer en quien en la comedia había actuado de protagonista o "había tenido el papel más largo", a no ser que ya hubiera hecho alguna vez de carocho. Su atuendo demoniaco pretendía provocar miedo en los niños ("rapaces"). Cubría su cabeza con una careta pintada de rojo y negro con cejas y bigotes prominentes, orificios para los ojos y la boca, orejas a los lados, dos cuernos negros (orejas de oveja) en la frente y por la parte de atrás una piel de cordero con el rabo colgando. Cubría su pecho con un jersey de lana rojo y vestía pantalones de pana negros de los que colgaban cosidos muchos hilos blancos de lino ("pizuelos" o trozos de hilo que sobraban al tejer). Por la parte trasera, sujetos al cinto, colgaban tres cencerros grandes o "changarros" con cuyo sonido estruendoso trataba de llamar la atención. Con la mano derecha asía un palo a cuyo extremo iba sujeta una cuerda que terminaba en una pelota de trapo, con la que trataba de pegar a las mozas y a los rapaces. Para poder acercarse a ellos sin ser notado cogía los badajos de los cencerros con la mano para que no sonaran, y no los soltaba hasta estar muy cerca, momento en que empezaba a saltar para que los cencerros sonaran fuertemente y sobresaltar a los rapaces que huían despavoridos de miedo. Era el malo de la pareja y su cometido principal era meter mie do a los rapaces. El bueno era el soldau (soldado). Iba vestido de soldado, con el uniforme tradicional de infantería: gorro de borla, guerrera, pantalones, botas, etc. Llevaba consigo una mochila en la que iba introduciendo los donativos que recibía. Era el amigo de los niños a quienes acariciaba.

En segundo lugar, estaban el ciego y el criau. El ciego nevaba unas gafas grandes con cristales negros y vestía una casaca vieja de paño castaño rojizo, atada con pajas. En su mano derecha tenía un "cayato" grueso y retorcido, en el que se apoyaba, y con la izquierda asía un palo de metro y medio de largo con el que simulaba ser guiado por el criau, que lo coge por el otro extremo. Va por las calles tambaleándose, tropezando con todo lo que encuentra y cayéndose continuamente al suelo, rascándose la espalda en las paredes como si estuviera lleno de pulgas y piojos. Llevaba un taco de coplas que cantaba y vendía. Uno de sus cometidos principales era asustar a las mozas y a los rapaces tirándoles el cayato y haciendo el payaso a lo bestia, cuanto más bestia mejor. Todas sus actuaciones se caracterizaban por su brutalidad. Por ello toda su persona despertaba en el público antipatía y, a lo sumo, compasión. El criau (criado) era el bueno de la pareja: viste un traje caqui parecido al del soldau, pero viejo, con una visera, y una mochila para guardar los donativos que le daban.

En tercer lugar, está la zangarrona o charramangona. Era un personaje gracioso y pintoresco. Se trataba de un mozo vestido de mujer: pañuelo de fiesta atado a la cabeza con las puntas hacia arriba como era usanza entre las alistanas, jersey negro, mantilla vieja cruzando el pecho y sosteniendo a su espalda a su hijo (simulado en un muñeco de madera), sayas y mandil, ambos de paño negro, este último con rayas horizontales de color generalmente verdes. Cubría sus piernas con polainas de paño de color castaño rojizo. En la cintura llevada "espetada" una rueca con un copo de lino y su "fuso" (huso) correspondiente aparentando que hilaba una "mazaroca" de lino. Adornaba su pecho con un rosario, cuyas cuentas eran "buyacas" de roble o la madera de los carretes de hilo, del que colgaba una cruz hecha con dos "tronchos" de berza. Debajo del mandil llevaba un "bantal" grande o faldriquera para meter los donativos que le daban. Iba por las calles despertando la hilaridad del público con su forma de hilar el lino y sus cantos que pretendían arrullar al hijo que llevaba a sus espaldas.

Finalmente estaban el bailador y la bailarina. El bailador vestía el tra e de fiesta típico alistano: montera, jubón, camisa blanca, pantalón bombacho, fajín rojo, medias blancas y zapatos. Así mismo la bailadora lucía el traje de fiesta típico de las alistanas: pañuelo de seda a la cabeza, blusa y mantón de manila, sayas rojas y mandil bordados, medias blancas y zapa tos. Ambos iban acompañados por el "gaiteiro", el "tamborileiro" y el portador de la vara de Sta. Lucía. Estos cinco actores sólo intervenían en el segundo acto de la representación que pasamos a describir.

Ya tenemos a los personajes. Ahora nos queda lo principal, verlos en acción. Su actuación se desarrollaba en tres actos, como la mayoría de las comedias, de las que esta actuación que pasamos a describir podía considerarse su apéndice o su estrambote. El primer acto consistía en una lucha que se desarrollaba ante la puerta de la iglesia. Por la mañana, el pueblo que ha asistido a la misa, se encuentra a la salida, ante la puerta de la iglesia, un carro. Sobre su "iceda" se montan todas las mozas del pueblo, que, ayudadas por el carocho, el soldau y la zarramangona tratan de impedir que los mozos muevan el carro y lo levanten en vilo. Después de unos minutos tensos de forcejeo, ante la mirada curiosa y complaciente del resto del público, los mozos conseguían mover el carro o levantarlo en volandas con lo cual se daba fín al primer acto.

El segundo acto consistía en la procesión petitoria. Como la representación teatral había sido gratuita, para remunerar de algún modo a los comediantes, los personajes anteriormente descritos iban pidiendo de puerta en puerta por todas las casas del pueblo. La gente favorecía con donativos especialmente al personaje con quien le unían vínculos familiares o a quien había representado con particular brillantez o gracia su papel en la comedia. En todas o en la mayoría de las casas los integrantes de la procesión eran invitados a tomar algún bocado y echar una "pinta"de vino. La procesión petitoria estaba encabezada por el carocho y el soldau, que empezando por la "punta" del pueblo (la entrada viniendo de Alcañices), iban de casa en casa pidiendo un donativo. Este solía consistir en "chorizo" o dinero. ¡El soldau era quien recogía en su mochila los donativos, ya que el carocho estaba casi siempre atareado en asustar a los niños y correr tras ellos, a quien éstos provocaban desde lejos insultándole a voces “carocho”,” carocho!". Detrás del carocho y del  soldau siguen en la procesión petitoria, a una distancia prudencial, el ciego y el criau. Análogamente a la pareja anterior, aquí es el criau quien recibe los donativos (chorizo y dinero, pero generalmente en menor cantidad que el carocho y soldau), ya que el ciego se preocupaba más de asustar y perseguir a los niños y suscitar las risas haciendo payasadas. Seguía la zarramangona a quien se le solía dar morcillas y dinero. Cerraban la procesión el bailador y la bailadora que iban cantando y bailando de casa en casa al son de la música que tocando el gaitero y el tamborilero. Les acompaña el portador de la vara de Santa Lucía, los tres vestidos con su mejor traje de fiesta. El dinero que recaudaban estos últimos estaba destinado a sufragar los gastos del culto de Santa Lucía.

El tercer acto, el principal, era la obisparra. Al terminar la colecta, en la que se empleaba la mayor parte del día, tenían lugar por la tarde en la plaza del pueblo una serie de actos conocidos como la obisparra. A estos actos asistía todo el pueblo colocado alrededor de la plaza o desde los balcones y ventanas de las casas vecinas. La representación comenzaba colocando el soldau a todos los niños del pueblo en dos filas paralelas bastante separadas. Estos, armados con una espada de madera o, en su defecto, un palo, que el soldau cortaba si era demasiado largo, a la voz de mando de éste (un, dos, un, dos.), ponían sumo empeño en marcar bien el paso, avanzando hasta el final de la plaza, allí daban media vuelta desandando lo andado y así sucesivamente. El soldau mantenía el interés de los niños y los animaba repartiéndoles la "soldada" consistente en castañas. Cuando éstos más confiados estaban, aparecía por su espalda el carocho, brincando y atravesado velozmente por entre las dos filas de rapaces, haciendo sonar ruidosamente sus cencerros, repartiendo pelotazos a diestro y siniestro y desapareciendo por el otro extremo de la plaza. Los rapaces eran conscientes de que les contemplaban sus padres y todo el pueblo y que esperaban de ellos una actuación valiente. De ahí el que sacando fuerzas de flaqueza se acercaran osadamente a ese ser demoniaco que repartía pelotazos y trataran de hacerle daño con sus espadas y palos. Esta actuación (el ataque del carocho a los niños y la defensa y contraataque de éstos se repetía unas cuantas veces hasta que el sentir común aconsejaba pasar al siguiente episodio. En él la zarramangona trataba de poner los marcos con los que se proponía fijar los límites de su tierra. Detrás de ella iba el carocho cambiando de lugar los marcos, con lo cual la zarrammgona, con el consiguiente enfado, se veía precisada a repetir su tarea. Después de diversas tentativas, quedaban definitivamente fijados los marcos y, señalados los límites con barro blanco, se procedía a arar la tierra así señalizada. Para ello se uncía con u "jubo" (yugo) al ciego y al criau, al que se enganchaba un arado (sin reja para no estropear el suelo de la plaza). La zarramangona cogía en una mano el arado por la "rabiza" y con la rueca en la otra picaba al ciego y al criau, como si se tratara de una yunta de vacas, para  que tiraran del arado y así simulaba arar  toda su tierra. Detrás venía el carocho con un saco de paja sembrando la tierra así arada, es decir, esparciendo la paja por la plaza y echándola también a las cabezas del público asistente, particularmente de las mozas, incluso si contemplaban el acto desde ventanas y balcones, trepando por las paredes si era necesario. Posteriormente el carocho arrebata el niño a la zarramangona a pesar de la resistencia y forcejeo de ésta, y lo tira hacia lo alto varias veces hasta conseguir darle muerte. La zarramangona llora amarga y ruidosamente primero la sustracción y después la pérdida del hijo. Con el llanto de la zarramandona se ponía fin a la obisparra, a la que seguía en el mismo lugar el baile al son de la gaita y el tamboril, como los demás días de fiesta. Tengo que decir que entre los niños se contaba que, en el pueblo vecino, Figueruela de Abajo, la obisparra tenía otro final. A la  muerte del niño, seguía su entierro, oficiando de sacerdote (¿o de obispo y de ahí el nombre de obisparra?) el carocho que cantaba parodiando los responsos de rigor y poco después tenía lugar la resurrección del niño con la consiguiente alegría de la zarramangona y de todo el pueblo. Se decía que así se hacía también antes en Figueruela de Arriba hasta que las parodias del entierro y de la resurrección fueron prohibidas por el cura párroco por entender que implicaba una irreverencia a la religión cristiana.

Lo recaudado por las parejas carocho-soldau, ciego-criau y por la zarramangona lo consumian los mozos que habían intervenido en la comedia en cenas sucesivas, que normalmente terminaban en rondas por las calles del pueblo.

Articulo sacado de:

La vida rural en Figueruela de Arriba en la primera mitad del siglo XX. Autor: Antonio Pérez Martín

 https://issuu.com/dferreira54/docs/ebook-en-pdf-la-vida-rural-en-figueruela-de-arriba

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