Pregón XI Jornada de Exaltación de la Capa Alistana. Sarracín de Aliste
𝐋𝐮𝐢𝐬-𝐅𝐞𝐥𝐢𝐩𝐞 𝐃𝐞𝐥𝐠𝐚𝐝𝐨
CAPA PARDA
La conocí un día de marzo, no recuerdo qué día pero sí que estaba vestido
del morado de la cuaresma. La cuaresma de mi infancia se llenaba de
catecismos, olores, sabores y sonidos. Era el año de gracia de 1956. Quien
les habla, tenía ocho años. Y unos meses.
La vi encima de la cama, en la habitación de mis padres. Amarronada,
terrosa, parda, de fecunda lana. Era la capa que había tejido con su
habitual maestría don Lope Chillón, que tenía su sastrería en la calle Ramos
Carrión, justo enfrente del Teatro. Un reducido grupo de apasionados de la
Semana Santa se había propuesto trasvasar a la ciudad esa maravilla de
religiosidad popular que eran las procesiones de Bercianos, que habían
conocido poco antes. Dos fenómenos de la cámara y de la fotografía, Fernando
López Heptener y Ángel Quintas, ambos para siempre en la gloria más alta de
Zamora, supieron enseñarle a todo el mundo esa forma tan sencilla y a la vez
tan sublime de desenclavar y enterrar al Hijo de Dios con la misma sencillez
con que lo hacían, bueno y lo hacen, en Bercianos y en algunos de estos
pueblos y de otros lugares de la provincia. Años después otros dos grandes
profesionales de la fotografía, Rafael Sanz Lobato y Cristina Rodero,
divulgaron aún más la verdad pura, sencilla, de esos días santos, de piedad
nacida y conservada solamente en Aliste. Todas esas imágenes han dado la
vuelta al mundo.
Mi padre era uno de aquellos entusiastas que formó parte de la Hermandad de
Penitencia. Aquel mismo año saldría en procesión por vez primera de San
Claudio en el barrio de Olivares, con un crucificado muy venerado en el
barrio, de escaso valor artístico, encajado desde ni sabe cuándo en un
modesto retablo de andar por casa.
Aquella capa que llevó mi padre aquel año, con la que cargó con el Cristo
del Amparo algunos más y luego, otros muchos, le acompañó con su farol hasta
que el Señor quiso cruzar su muerte con la suya, es esta que hoy con mucho
orgullo llevo hoy puesta, gracias a la bondadosa cesión de mi hermano Manuel
que recibió en herencia su puesto en la hermandad y esta prenda querida. Hoy
excepcionalmente la porto yo. No había día mejor para hacerlo.
En esta jornada, celebramos y honramos a San Martín de Tours, el santo patrono de las capas allá donde las haya y tengan la forma y género que tengan. Qué hermoso es comprobar que los alistanos habéis hecho lo mismo que el santo, repartir y, sobre todo, compartir vuestra capa con quienes, sin ser de estas tierras, nos hemos sentido igual de cobijados bajo ella. Y la lucimos con orgullo. Gracias de corazón. Y en estos días de dolor y luto nacionales ante una nueva tragedia de la naturaleza, Aliste y las tierras hermanas de la provincia han tenido un nuevo gesto que solo pueden tener las gentes de buen corazón como estas nuestras. Y han repartido su capa, bordada con solidaridad y compasión, con todos los que perdieron la suya, la capa de su bienestar y de sus bienes y hasta de la vida, de quienes de su sangre se cubrían con ella.
Acudo agradecido a la llamada e invitación del presidente de la asociación APECA, para ponerle voz a esta fiesta de exaltación que alcanza ya los once años, desde que Ricardo Flecha Barrio la fundase, con el apoyo de algunos amigos y alistanos.
Ricardo hizo de esta capa con sus manos un himno a la belleza. Supo
modelarla, tallarla, coserla como lo hacían con el paño Juan Gallego Baz de
Bercianos, Domingo Fernández de San Vitero, Tomás Río Villar de Abejera. Y
como la tejen ahora Rafaela Fernández de San Vitero, María Magdalena Alonso
Garrido de Mahíde, María Pérez Blanco de Bercianos y Florentina López y
Ángel Moral de Prado en Ufones. O Basilio Fernández, en la tierra hermana de
Bermillo de Alba, al que se le agradecen hoy sus desvelos por nuestra
prenda, su capa tan sencilla como acogedora.
Por si su labor de artista no bastaba para mostrar al mundo la verdad y
sencillez de esta capa, Ricardo fundó esta asociación que lleva a rajatabla
el espíritu y los fines de su fundación y que en unos primeros momentos le acarreó cierto rechazo o indiferencia,
superados al poco felizmente. Pero él no cejó, sabedor de que la capa
alistana es uno de los emblemas más importantes y hermosos del patrimonio de
esta comarca, como lo demuestran algunos de sus trabajos. En pie, ese
alistano que presume de su capa, figura que lleva en el bronce grabada la
reciedumbre elegante del tejido. O ese hermano de la penitencia de Zamora
con el farol de establo entre sus manos que, si Dios quiere, veremos pronto
a tamaño natural en la plaza de Olivares, y ese otro cofrade de la túnica
blanca, mordida por los fríos de la vecina sierra, que está en el altozano
de Bercianos, como un vigía perpetuo de la fe de todo un pueblo.
Ricardo tiene hoy aquí en mi voz un lugar de honor junto a la figura de mi padre, que me enseñó a querer, respetar y llevar esta capa sobre los hombros como una penitencia pero sobre todo como un orgullo.
En segundo término debo agradecer la hospitalidad con que nos acoge este pueblo alistano de Sarracín. Mi niñez y adolescencia pasaron muchas veces por la estación de Sarracín, hoy formidablemente restaurada, gracias a Dios, y a Adif, claro, cuando veníamos al campamento de San Pedro de las Herrerías o hasta Puebla de Sanabria a la pensión, colmada de pan y de ternura, de la señora María la Miriñaca, a la mitad de la cuesta. El tren pasaba y paraba en Sarracín, como en Cabañas, Abejera, la Torre y San Pedro de las Herrerías, los eslabones de una cadena que ataba esta tierra a la capital con los raíles de la velocidad. Estas estaciones han contemplado tantos años la semblanza amarga del adiós. Muchos paisanos, nacidos y curtidos aquí, sin esperanza que llevarse a las manos, cogieron esos trenes en estas estaciones y apeaderos, metieron sus sueños en una maleta de cartón y marcharon a Suiza, Alemania, a Madrid, Barcelona o Bilbao. ¡Tiempos aquellos duros de la emigración, que sigue castigando excesivamente a tierras como ésta.
Sarracín, cerca del corpachón enorme de esta sierra de la Culebra, sigue
vivo. Aún se ven ganados por las laderas y las riberas, por los tesos, por
las portijas, y las faceiras, por las urrietas. Se oyen risas de niños, y
por aquí o por allá, mugidos y
ladridos. Y vuelo de pájaros de tejado en tejado. Y la vida sale por
de las chimeneas entre
espirales de humo. Las cercas y cortinas se mantienen en pie, aunque haya
algún pajar que el tiempo y el abandono arroñaron. Y algunas paredes de
arcilla están esbarrancadas. Por aquí y por allá, aparecen los huertos,
ahora floridos de crisantemos y sembrados de berzas, repollos y coliflores,
sus árboles ya desnudos de fruto y alguno aborrajado. Aún, hace un par de
años, acabáis de arreglar el tejado de esta iglesia que levantaron vuestros
abuelos y padres allá en los años cincuenta, y habéis vuelto a meter a Dios
en ella, aunque Dios no se fuese nunca de ningún sitio y muchos menos de una
tierra como ésta de Aliste que le ha dado tantas pruebas de amor. Este
templo está dedicado a la advocación del jefe de sus legiones de ángeles, el
arcángel San Miguel. Y a Él le honráis con las fiestas patronales cuando
agoniza septiembre.
San Miguel derrotó a Lucifer y lo arrojó al infierno y allí están los
diablos, según cuenta la Biblia. Pero los diablos que conocemos son de aquí
mismo, amigos, conocidos, vecinos, dando vida a esa mascarada de invierno
tan antigua que sigue muy viva solo por voluntad popular.
Los Diablos traen, en el primer día del nuevo año a la salida de misa, los sones de la gaita y el tamboril y las carreras y los tientos de sus personajes, el Rullón, la Filandorra con el niño, el Molacillo y el ciego, el Galán y la Madama, la mujer del saco, y los dos temidos diablos, el grande con su careta de corcho, sus tenazas articuladas y sus cencerros y el chiquito, con su pica en cuernos.
La Obisparra de Sarracín signa el entierro del niño, y transforma al
molacillo y al ciego en obispo y monaguillo.
Luego, el aguinaldo servirá para cerrar la jornada con un convite popular.
Mantenedla viva por los años de los años. Será la mejor señal de que
Sarracín sigue vivo y lucha por su futuro.
Dicho esto, este pregonero ha venido, sobre todo, a rendir homenaje a esta prenda que nos legó el ayer, con acento en los siglos, y que seguirá vistiendo la vida de esta comarca. Quedaron muy lejos los tiempos del “Ti!” Sebastián, de La Torre de Aliste y del “Ti” Periles de Palazuelo de las Cuevas, los legendarios facedores de capas.
La Capa, la capa de chiva, o de chía, el término que indica con mayor
propiedad la orla que cae desde la capucha…o capillo, y sus distintos
complementos: la esclavina, aguadera providencial, las haldillas o flecos.
Capa ceremonial, para las bodas, las fiestas grandes, las de guardar… Y capa
para el pastoreo, ya un tanto arañada por los años.
También tiene dos apellidos ilustres: Capa de Honras y de Respeto. De
honras la llaman en la tierra hermana de Portugal. Miranda do Douro Y
Constamtim forman la atalaya que defiende la pureza y perpetuidad de esta
prenda en la comarca de Tras Os Montes. La llaman la Raya, pero sólo es un
nombre, un formulismo para señalar fronteras donde no las hubo ni las hay,
ni podrá haberlas nunca.
Capa de respeto la nombran en los pueblos de Alba, como así la distinguía
mi buen amigo el etnógrafo claretiano de Carbajales, Francisco Rodríguez
Pascual, que hubiera celebrado con gozo la fundación de esta asociación y la
hubiera apoyado con la mayor ilusión y firmeza. Respeto y honras, dos
palabras que engarzadas en esta capa significan, dos virtudes esenciales.
Honras, en portugués, significa honores. Honores para quien la posee y la
viste. Y la honra con ello. Y el Respeto en castellano es deferencia,
cortesía, de quien la viste hacia sus vecinos o invitados, sean de aquí,
lleguen de lejos o bajen desde el cielo a la cruz y al sepulcro un día de
duelo.
La Capa, nuestra capa, con algunas variantes, surgidas siempre de las manos sabias, laboriosas y diestras de nuestros sastres, hoy es admirada y valorada en todo el mundo porque saben de la costumbre, arcaica ya, de ponerla para arropar el luto propio o ajeno, engalanar el gozo del festejo, fortalecer la oración común de la romería, las cruces y la ermita, aderezar el solitario trabajo, monte arriba y monte abajo, o brillar en la celebración de la boda.
Esta capa ha dignificado la vida y pero también la muerte. Nació de la lana
de las ovejas, aquerenciadas a esta tierra y se hizo fuerte en los batanes y
pisones cuando éstos se movían con aguas de aquí mismo.
Sólida, gruesa, sin perder su
viveza.
Las que se desgastaban o decoloraban por el uso pasaban a guarecer del frío y de la lluvia a quienes vivían por esos montes de Dios la paz helada de los rebaños, en la compañía de los perros con sus carrancas bien puestas, por si acaso el lobo.
La capa se ha codeado con el urbayo sin dejarlo entrar en su seno. Y ha
burlado a la farraspa que llegaba de la sierra y quería entumbiarla y se
estrellaba en ella. Y ha parado la lluvia encerrándola en la esclavina y
dejándola escurrirse por sus pliegues.
Ha besado las orillas de los ríos…. Ay, los ríos nacidos en la Sierra… el Aliste, de los alisos, el rio Manzanas, el Cebal, el Mena, el Frío o
Becerril, el Valdeladrón, La Ribera de Trabazos, la Macada, Carbajos tuerto.
En las orillas de sus aguas, la capa se ha dado de bruces con el sol tantas
veces y muchas noches sintió las pisadas de la luna sobre sus hombros. Y en
las madrugadas, supo pasar lentamente de la penumbra a la luz al ir
encendiéndose el horizonte y de la negrura de la noche volver al color de la
misma tierra.
La capa se alivió en la sombra de los álamos, los chopos, los zofreiros,
los robles, los alisos, las encinas y los castaños. Y hasta de los pinos que
conquistaron un día ya muy lejano las cumbres y laderas de la sierra para
fenecer no hace tanto con la invasión del fuego y poco después con la
tajadura de las máquinas, dejando mutilada toda la Sierra, llena de
cicatrices.
Al verla así arruinada de vida, cuánto habrá sufrido don Antonio Giraldo,
hijo de este pueblo, empresario pionero de la repoblación forestal.
La capa tuvo bien cerca como vecinos a los corzos, liebres, gamos,
jabalíes, ciervos, lobos…hoy desperdigados y emigrados más allá de esta
sierra por el instinto de supervivencia.
La capa vio volar por los cielos de su camino las águilas, los mochuelos,
las cigüeñas, las rollas, las corujas, las pegas, los cucos, los milanos y
la variedad de pájaros que se avecindan en los pueblos.
Esta capa se acercó a los manantiales de la sierra y escuchó los primeros
arrullos del agua recién nacida que se hilaba en arroyicos, el Espinoso, de
Las Carboneras, La Mocita, el del Cuesto, el Carrilón, el Zulema, las
Forcas, el Vayagona o el de la Sierra.
La capa habitó siempre en la casa corral, cruzó las cancillas, atravesó los
quiñones, revistó los linares, custodió los llameros y los fincones, las
cercas enrutiadas, entró en los pajares y sobraos, pisó las tenadas,
franqueó los cumbreros y las lindes, los dinteles. Y vigiló las cortejas
donde moraban los cerdos con sus cebillas puestas.
Y al pasar por las trochas, las hijuelas, y andar veredas, caminos, atajos,
fue besando los tojos, las xestas, las retamas, los urces, los brezos y los
cantuesos, que son los atavíos con que viste perpetuamente esta tierra sus
campos.
La capa sintió la caricia de la flor blanca de las jaras que nacían cuando
marchó el frío, llenando de olores melosos la espesura de los matorrales. Y
sintió el vuelo zumbón y trabajador de las abejas rumbo a la clausura de los
panales.
La capa ha conocido otros paisajes, espadañas, roquedales de castros y
castillos, reliquias de tiempos ricos en historia y grandeza. Ha pisado
tantos años cortinas hechas de piedra y de lajas de pizarra, canchales de
cuarcita. Ha pateado encinares, prados, robledos. Ha andado por palomares,
peñascales, olmedos, aceñas, pinares. La capa se ha reflejado tantas veces
en las charcas, algunas ya con ruble y rumiacos hasta que han llegado las
lluvias. En esas charcas antaño bullían tencas y bogas, barbos, cangrejos,
escallos y anguilas y hoy andan entre ellas las ranas, sapos, culebras y
lirones. Y al lado, los
juncos, espadañas y aucas…Y las melujas para medir mucho mejor el sabor de
un buen chuletón de ternera, otra de las señas de identidad que distinguen a
esta comarca. La capa es compañera de fama de la ternera de Aliste, cuya
excelente calidad ha llegado y conquistado los mercados más acreditados. Que
la denominación de origen no sea solo de palabra, sino de obra. Y día a día.
Y tras ella otros productos como el queso, el vino de la cercana sierra de
la Culebra, la miel de una riqueza extraordinaria. Las castañas… O las
setas. ¡Qué maravillas de la naturaleza! Y la explotación de esas grandes
lomas de pizarra hecha y derecha, sin duda la mejor y más apreciada. No os
dejéis arrebatar nunca estos tesoros, defendedlos. Protegedlos. Si nacen
aquí deben proporcionar riqueza aquí. Que esta jornada de exaltación de la
capa, una de las cualidades genuinas de esta tierra, se extienda también a
todos estos productos.
Pero sigamos con ella. Con la capa, cuando la edad ya pesa, tantas veces han ido con ella de camino, compañeras del paso titubeante, la cayata, la cachava o la vara, fueran con la derecha o la cañeta.
Y para laborar los prados y huertos, los tojos y las cortinas, han ido de
camino con ella, la azada y el azadón, el pico y el rastrillo, el hacha, la
hoz y la tornadera, y a veces el zacho. Y siempre, en los días helados, la
capa ha caminado junto a los bueyes uñidos y el viejo carro tambaleándose
entre los barros, camino del establo. Los carros, con rabeiras y teleras
para ensanchar su carga. Una estampa inolvidable de nuestros pueblos que ha
quedado grabada para siempre en la memoria de nuestra provincia. O de las
vacas que sustentaron años y años la alimentación de los más pequeños y
además hacían y hacen su trabajo con la noble sumisión de la raza.
La capa ha presidido la recogida del lino y se conoce de memoria lo que es
majar, espadar, rastrillar,
hilar, aspar, tascar, devanar y enllagar el río…
La capa al lado de la rueca, en el telar, el huso…y la mayadera.
Y cuando ha llegado a casa, las casas alistanas hechas de piedra brava,
cuarcita y de adobe retejadas de pizarra, la capa se ha ido quitando el
helor o la empapada cerca de la lumbre de la cocina baja, que ardía con
piñas y urces secos, allí con los manojos de escobas contropiados, las
caduernas, y el caldero colgado, con el agua amorosamente caliente para el
baño. O el pote para el caldo de berzas y patatas. Y esperando el magro, el
chorizo o el tocino. Cerca, el calambuque para buscar el agua a la fuente,
Allí, se quedaba reposando en el escaño tallado de nogal y de años y humos.
En la alacena los morteros, las cazuelas, los pucheros y las sartenes. Al
lado, la urona del pan, la encendaya preparada y la cernada consumida. Allí,
la capa, flagelada por el mal tiempo, tendía sus costuras y pliegues al
calor que le ascendía por la chiva y la esclavina hasta la capucha. Y si ya
era primavera, estaba apoyada en el quicio de la ventana, asomada al sol o
reposando en el poyo de piedra, en la puerta de casa, hecho para el descanso
o la tertulia… para ver pasar los vecinos y las prisas.
Entre nosotros, con lenguaje alistano, esta capa de pardo, rodadera, de capillo, de varias y diversas formas en sus preciosos dibujos de paño picado, se ha acercado tantas veces a la muerte, mientras encordaban las campanas…ha vestido el luto propio o ajeno. Del de la misma sangre o del amigo o del vecino. Había que ponerla para decir adiós a una vida y para recibir a la pena que traía.
Y en los días más solemnes del año ha ido destejiendo misereres y cantos piadosos de las cinco llagas por los caminos que conducen al cementerio y al calvario, serpeando las tapias ribeteadas de musgos y líquenes. Se sabe de memoria ese camino. Y a su lado han caminado las toquillas, negras como la noche, íntimas, azabachadas de lana, entornando el cuerpo de la mujer con luto sobrio, pueblerino pero limpio. Luto trenzado con lana y recato. ¡Con qué distinción y delicadeza saben llevarla puesta y arrebujada las mujeres de Aliste en los días más tristes y fríos de la vida! Me emociona ver una hilera amorosa de mujeres de toda edad envueltas en ella, cantando el miserere hasta las cruces que escoltan el cementerio, principio de las otras muchas cruces de dentro. Esa toquilla me trae recuerdos de la infancia, de aquella España aún pobre, que se tapaba con ella los fríos y los lutos.
No quiero olvidarme de esas otras prendas que han sido fieles compañeras de su historia: el espejuelo, la camisa, la saya, el manteo, los pañuelos o dengues…. El mandil de galón y el refajo, la montera. Y el justillo, la gabacha… O la casaca, como describía tan acertadamente en 1999 Gustavo Cortera en su libro La Indumentaria tradicional de Aliste, publicado por el IEZ de la diputación Provincial.
Termino. Que sepamos llevar, vestir y ennoblecer esta capa en los días felices de los esponsales y de las fiestas patronales, y en los días tristes cuando haya que acompañar, camino de su sepultura, al pariente, al amigo, al vecino, sea un hijo cualquiera de esta tierra o el mismísimo Hijo de Dios. No la dejemos en el arcón. Vistámosla de nuevo. Que, a diario, vayamos con ella puesta en el alma, a pastorear el futuro que pasa por cuidar, proteger, expandir y multiplicar los muchos y buenos frutos de las tierras de esta comarca, de los que hace un momento os hablé. Porque esta tierra tiene una riqueza innegable y singular que no debemos quedar oculta bajo esta capa. Al contrario, que ella, como primer ejemplo de su rico patrimonio, sea la que nos empuje a trabajar con ilusión y confianza el porvenir de todas estas tierras y pueblos, que, es verdad, tienen como compañeros de su historia a la sencillez, al sacrificio, tantas veces demostrado, a un pertinaz desamparo, a la pobreza, siempre noble, al olvido, tan injusto, pero también y sobre todo, a la dignidad, la honradez, la belleza, la lealtad, la perseverancia y la humildad. Para comprobar estas cualidades, ahora cuando salgamos, solo hará falta mirar a cualquier punto del horizonte. Las veréis enseguida: Ahí mismo están la dignidad, la honradez, la belleza, la lealtad, la perseverancia y la humildad. O sea, Aliste.
Muchas gracias.


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