La mujer que vio cambiar un siglo y aún sigue en Ufones

      En Ufones, un pequeño rincón del municipio de Rabanales, el tiempo no solo se mide por estaciones o cosechas. Allí, el calendario parece contarse también por nombres, por casas que se abren y se cierran, por familias que se van y por otras que resisten. Y entre todas esas historias, hay una que destaca como una luz larga: la de Margarita Calvo Ballesteros, nacida el 23 de febrero de 1924, la primera vecina del pueblo —nacida en él— que ha alcanzado los cien años.

Su vida no cabe en una cifra redonda, aunque la cifra impresione. Porque cien años, en su caso, no son un récord: son un relato completo del país, pasado por la experiencia de una mujer de mundo rural que aprendió pronto que sobrevivir era trabajar, adaptarse y seguir adelante.

De la infancia al deber temprano

      Margarita creció en una familia humilde de agricultores y ganaderos, con cinco hermanos y con una infancia marcada por el esfuerzo. La escuela fue breve —lo justo para “las cuatro reglas”— porque en aquella época la ayuda en casa no era opcional: era parte del destino. Su juventud quedó atravesada por el estruendo de un país que se partía en dos. La Guerra Civil cambió los planes de todos: su hermano fue llamado a filas, una hermana falleció siendo muy joven y ella tuvo que encargarse de cuidar a los pequeños cuando la salud de su madre flaqueaba.

Un flechazo, una boda y una taberna que era todo

    Llegó después el capítulo del amor, que en los pueblos suele parecer casualidad y, sin embargo, termina siendo historia. Apareció Francisco, de Alcorcillo, ligado a una familia conocida como “Los Pichetas”, dedicada al comercio del vino. El encuentro fue rápido, el noviazgo intenso y el final lógico: se casaron en 1947.

      Y con la posguerra aún pesando, levantaron un negocio que era mucho más que un bar: la tasca del “Tí Pichetas” fue también tienda, casa de comidas y lugar donde se podía dormir. Un punto de encuentro. Un servicio para el vecindario. Una especie de centro social antes de que esa expresión existiera. Tanto, que incluso fueron quienes trajeron la primera televisión del pueblo: los vecinos se acercaban con los niños a mirar aquella ventana nueva al mundo.

Alemania: partir con el corazón dividido

    Pero el esfuerzo no siempre se traduce en futuro. La vida apretaba y el dinero apenas circulaba; muchas veces se vendía fiado y no siempre se cobraba. Así que, como tantas familias españolas de aquellos años, tomaron la decisión amarga: emigrar.

     Francisco se marchó primero en 1964 rumbo a Hamburgo. Un año después, Margarita y la hija mayor se reunieron con él para trabajar en Pinneberg. Las dos hijas pequeñas quedaron al cuidado de una tía. Fue una apuesta económica, sí, pero también una prueba emocional: la separación familiar fue el precio de la esperanza.

     Trabajaron duro, ahorraron, y regresaron.

Gijón, negocios y vuelta al origen

   Con lo reunido, dieron un giro a su vida instalándose en Gijón, donde compraron inmuebles y pusieron en marcha una bodega de vinos al por mayor y una pensión. Durante un tiempo, el proyecto funcionó. Sin embargo, la salud volvió a dictar el rumbo: Francisco enfermó de los bronquios y los médicos recomendaron un clima seco. La solución fue cerrar etapa, vender y regresar a Castilla.

    El retorno a Ufones no fue un retroceso, sino una forma de recuperar la calma: una casa en una finca, huerto, flores, paseos de fin de semana por pueblos alistanos y portugueses, y esa habilidad tan suya —y tan de su generación— de hacer amigos allá por donde pasaban.

La vejez acompañada, la cabeza firme

     La familia creció: tres hijas, seis nietos y seis bisnietos. Tras la muerte de Francisco, Margarita siguió en su casa. No se aisló: una hija vive en el pueblo, otra se trasladó después, y la tercera mantiene el vínculo desde Madrid. Hasta hace poco seguía trabajando la tierra, pero las caderas dijeron basta y llegó el momento de frenar, aunque no sin protestar: ella no es de rendirse.

      Hoy camina con andador y cuenta con ayuda a domicilio y teleasistencia, pero conserva algo que en los pueblos se valora como un tesoro: autonomía. Se levanta sola, se viste sola, come sola. Y, sobre todo, mantiene una lucidez que sorprende a cualquiera que se siente a escucharla.

Ufones: un pueblo que se encoge, una memoria que permanece

    Cuando Margarita nació, Ufones tenía más de un centenar de habitantes. Décadas después llegó a crecer algo más, pero hoy apenas quedan unas pocas decenas de residentes. La diferencia no es solo estadística: es una imagen del abandono rural, de las maletas que se hicieron y no volvieron, de las casas cerradas.

    Y aun así, en medio de ese silencio, Margarita se convierte en una especie de ancla: un testimonio vivo de todo lo que el pueblo fue y de lo que todavía intenta ser.

     Cumplir cien años no es solo soplar velas. En Ufones, es también demostrar que la historia —a veces— sigue respirando en una casa con huerto, en una mujer que ha visto reyes, repúblicas, guerras, dictaduras y democracias… y que, pese a todo, continúa diciendo: aquí estoy.

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