Cuando el pueblo rebosaba de rapaces: ecos de un estrepulliu ya lejano Hubo un tiempo —no tan lejano en el corazón, aunque sí en el calendario— en que las calles de los pueblos estaban llenas de voces, carreras y juegos. En aquellos días, mirai: vinien un puñao de rapacicos calle abajo a la catrapolia armando un estrepulliu que casi se escalabacian . Así lo contaban las vecinas, apoyadas en los quicios de las puertas, mientras el sol de la tarde doraba las fachadas de piedra. Los niños bajaban en tropel, desatados como potrillos recién soltados, persiguiéndose entre risas y empujones. El eco de sus pasos rebotaba entre las casas, y aquel “estrepulliu” tan nuestro llenaba la calle de una alegría que parecía inagotable. No había móviles, ni pantallas, ni prisas: solo el juego espontáneo, el riesgo inocente y la sensación de que el mundo entero cabía en una cuesta, una plaza o un corral. La catrapolia era entonces un hervidero. Allí se reunían, allí tramaban sus aventuras, allí se r...