Cuando el pueblo rebosaba de rapaces: ecos de un estrepulliu ya lejano

Hubo un tiempo —no tan lejano en el corazón, aunque sí en el calendario— en que las calles de los pueblos estaban llenas de voces, carreras y juegos. En aquellos días, mirai: vinien un puñao de rapacicos calle abajo a la catrapolia armando un estrepulliu que casi se escalabacian. Así lo contaban las vecinas, apoyadas en los quicios de las puertas, mientras el sol de la tarde doraba las fachadas de piedra.

Los niños bajaban en tropel, desatados como potrillos recién soltados, persiguiéndose entre risas y empujones. El eco de sus pasos rebotaba entre las casas, y aquel “estrepulliu” tan nuestro llenaba la calle de una alegría que parecía inagotable. No había móviles, ni pantallas, ni prisas: solo el juego espontáneo, el riesgo inocente y la sensación de que el mundo entero cabía en una cuesta, una plaza o un corral.

La catrapolia era entonces un hervidero. Allí se reunían, allí tramaban sus aventuras, allí se resolvían disputas que duraban lo que tardaba en caer la tarde. Cada día ofrecía una historia nueva, y cada historia se convertía en recuerdo compartido. Los mayores, desde las ventanas, fingían enfado por el ruido, pero en el fondo celebraban que la vida siguiera brotando con tanta fuerza.

Hoy, cuando uno pasea por esas mismas calles, cuesta imaginar aquel bullicio. El silencio ha ido ocupando el espacio donde antes reinaban los rapaces, y las palabras que los nombraban —estrepulliu, escalabaciarse, catrapolia— suenan ya a tesoro lingüístico más que a uso cotidiano. Sin embargo, cada vez que alguien las pronuncia, el pasado vuelve a abrirse paso, como si los niños siguieran corriendo calle abajo, eternos en la memoria.

Porque así fue: los rapacicos casi se escalabaciaban… pero también llenaban el pueblo de vida. Y ese ruido, ese desorden feliz, es quizá lo que más se echa de menos cuando uno piensa en cómo eran los pueblos cuando estaban llenos de rapaces.

Comentarios

Entradas populares de este blog

🧦 Pepe Churra, el alma errante de Alcañices

Alcañices, visto por Manolo Prieto. Renacimiento

La memoria que nació en Aliste: vida, exilio y dignidad de Simón Katón Álvarez