El día que el Ti Tumilleiro vio más de lo que quería ver
El día que el Ti Tumilleiro vio más de lo que quería ver
Crónica de un rumor que recorrió el pueblo como un reguero de pólvora
Lo que no esperaba era encontrarse con un espectáculo que, según él mismo contaría después, “ni en las ferias de San Vitero se ve cosa igual”. Allí, en una ancina, estaba el hijo del alcalde, empernicao como Dios lo trajo al mundo, enredado en circunstancias que la decencia obliga a no detallar, pero que el Ti Tumilleiro describió con una precisión que solo se reserva para los sucesos memorables.
No habían pasado ni diez minutos cuando el rumor ya bajaba por la calle principal, doblaba por la plaza y subía hacia las eras. “Pruebro arriba, pruebro abajo”, repetían los vecinos, cada uno añadiendo un matiz, un gesto o un detalle que el Ti Tumilleiro jamás mencionó, pero que la imaginación popular consideró imprescindible.
Para cuando el sol estaba en lo alto, la historia había mutado en varias versiones:
En una, el hijo del alcalde estaba cazando lagartos.
En otra, había subido a la ancina para rescatar un gato.
En la más extendida, simplemente estaba “haciendo lo que los mozos hacen cuando creen que nadie los ve”.
La frase se convirtió en coletilla, en chascarrillo y en advertencia moral. Y como ocurre con las mejores historias rurales, nadie sabe ya si sucedió tal cual, si el Ti Tumilleiro exageró por costumbre o si la Ti Mariya añadió más leña de la necesaria. Lo cierto es que, desde aquel día, cada vez que alguien pasa por Bustillico y mira hacia las ancinas, no puede evitar una sonrisa cómplice.
Porque en los pueblos, más que los hechos, lo que perdura es la memoria compartida, esa mezcla de humor, picardía y vida cotidiana que convierte cualquier suceso en un relato digno de contarse junto al fuego.




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