El concejo comunal: memoria de un pueblo y símbolo de democracia rural
🔔 En Figueruela de Abajo, un pequeño pueblo de Zamora, el sonido de la campana fue durante siglos la voz de la comunidad. Un repique breve bastaba para que los vecinos abandonaran el arado, el establo o la cocina y se acercaran a la plaza. Allí, a la sombra de la iglesia, se celebraba el concejo: la asamblea en la que se decidía todo lo que afectaba al pueblo.
Hace apenas treinta años todavía acudían unas doscientas personas. Hoy, con suerte, responden unas sesenta, la mayoría jubiladas. La escena resume una doble pérdida: la del propio pueblo, vaciado por la emigración, y la de una institución ancestral, el concejo comunal o concejo abierto, una de las formas más antiguas y democráticas de organización rural en España.
🏡 El concejo abierto: una democracia nacida en los pueblos
El concejo abierto hunde sus raíces en la Edad Media. En los pequeños núcleos rurales, cuando no había ayuntamientos tal y como los conocemos hoy, el gobierno del pueblo se ejercía en asamblea.
Allí:
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Cada vecino tenía voz y voto.
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El alcalde se elegía directamente, a mano alzada o por acuerdo entre los presentes.
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Se gestionaban los bienes comunales: montes, pastos, molinos, hornos, fuentes.
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Se organizaban trabajos colectivos y se regulaba el uso de la tierra, el turno de riegos o el aprovechamiento de los recursos.
Este modelo no fue solo una costumbre local: llegó a ser reconocido por la propia legislación española. La Constitución de 1978 lo mantuvo como una forma legítima de gobierno local en municipios pequeños, convirtiéndolo en uno de los pocos ejemplos de democracia directa que pervivían en Europa a finales del siglo XX.
En Figueruela de Abajo, como en tantos otros pueblos, el concejo era mucho más que un trámite administrativo: era el espacio donde el pueblo se gobernaba a sí mismo.
🌾 Comunidad y trabajo colectivo
La llamada a concejo no era solo política: era, sobre todo, práctica y simbólica.
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Trabajo comunitario:
Se limpiaban las calles de barro, se arreglaban caminos, se desbrozaban cunetas y se mantenían las acequias. Cada campaña agrícola y cada estación marcaban nuevas tareas comunes. -
Defensa y cuidado del entorno:
Desde la caza del lobo, que amenazaba al ganado, hasta la organización de turnos para vigilar los montes en verano, el concejo articulaba la respuesta colectiva ante los riesgos. -
Vida compartida:
La campana recordaba a todos que formaban parte de algo más grande que su propia casa: una comunidad que decidía unida, trabajaba unida y celebraba unida.
En los testimonios de Figueruela aparecen palabras como “ilusión” y “esperanza” al recordar aquellas reuniones: la ilusión de mejorar el pueblo, de conseguir teléfono, de mantener vivas las tradiciones. El concejo era el lugar donde se soñaba un futuro común.
📉 Del latido comunitario al silencio: el despoblamiento rural
Con el tiempo, ese latido fue debilitándose. La dureza de la vida campesina, la falta de servicios, la ausencia de oportunidades laborales y el abandono institucional empujaron a generaciones enteras a marcharse.
Los jóvenes se fueron a la ciudad, a otras regiones o a otros países, y casi ninguno regresó. Los campos quedaron sin manos que los labraran, los rebaños desaparecieron y las casas comenzaron a cerrarse.
En muchos municipios, apenas un pequeño porcentaje de la población seguía viviendo en pueblos de menos de mil habitantes. Lo que en las estadísticas se llama “despoblamiento rural” en Figueruela se tradujo en algo muy concreto: concejos cada vez más vacíos.
José Antonio, el pastor que intentó resistir, recordaba que cuidar ovejas era “un oficio de 365 días”, demasiado duro para sostenerlo sin relevo ni apoyo. Lo que antes era orgullo y forma de vida se convirtió en una carga solitaria.
En ese contexto, el concejo dejó de ser un espacio de construcción de futuro para convertirse, poco a poco, en un gesto de resistencia ante lo inevitable.
🔔 Últimas campanadas en Figueruela de Abajo
El día en que la alcaldesa Mari volvió a tocar la campana después de muchos años, el pueblo vivió una de sus últimas llamadas a concejo.
Ya no se congregaban doscientos vecinos, sino apenas sesenta, casi todos pensionistas. Eran los últimos guardianes de un modo de vida. La concentración parcelaria, que décadas antes habría sido motivo de entusiasmo, llegó tarde: las tierras ya no se cultivaban, los pastos se llenaron de maleza y los incendios forestales arrasaban un paisaje sin manos que lo cuidaran.
El antiguo alcalde lo resumió con una frase tan dura como cierta:
“Cuando dejemos de existir los de 70 u 80 años, este pueblo se cierra completamente”.
Y con ellos, se cerraba también el concejo. La institución que durante siglos había simbolizado la democracia directa rural, la solidaridad campesina y la gestión comunal de los recursos, se fue apagando al mismo ritmo que la vida del pueblo.
Cada repique de campana era, a la vez, un acto de dignidad y una despedida.
🌍 Un patrimonio democrático en peligro de olvido
La desaparición de los concejos comunales no es solo un efecto colateral del despoblamiento. Es también la pérdida de un patrimonio cultural y político de enorme valor:
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Representaban una forma de autogobierno vecinal que sobrevivió durante siglos.
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Fueron testimonio de una solidaridad campesina basada en el trabajo compartido y el cuidado mutuo.
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Gestionaron de manera colectiva y, a menudo, sostenible los recursos naturales: montes, pastos, agua.
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Constituyen hoy un referente histórico de participación ciudadana, estudiado como ejemplo de democracia directa y proximidad entre decisiones y vida cotidiana.
Sin embargo, pocas veces se habla de ellos cuando se debate sobre la crisis del mundo rural. No solo se pierden habitantes: se pierden también sus formas de organizarse, de decidir y de entender lo común.
📌 Crónica de un concejo perdido
Lo que ocurrió en Figueruela de Abajo es la historia de muchos otros pueblos:
un día, la campana dejó de sonar.
El concejo comunal, que dio voz a generaciones de vecinos y tejió la vida en común, quedó reducido a la memoria de quienes aún lo recuerdan. Cada llamada a concejo que ya no se produce es un recordatorio de lo que se ha ido perdiendo: no solo casas y tierras, sino también una de las instituciones más antiguas y democráticas de España.
En el silencio de tantas plazas vacías resuena, aunque ya sólo en el recuerdo, el eco de aquellas campanadas:
la memoria de un pueblo que supo gobernarse a sí mismo,
y la despedida de un modo de entender la democracia desde abajo,
a toque de campana. 🔔







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