El molino de Don Alonso

 


De Manuel y Anastasia a Don Alonso: la historia de un molino

      El molino tuvo sus primeros dueños en una familia formada por Manuel y Anastasia, conocidos por los religiosos, hoy recordada gracias a la memoria de su nieta Sagrario. En aquellos años, el ir y venir de sacos de grano comenzaba mucho antes de que las piedras entrasen en movimiento.


      La gente de la comarca traía el cereal hasta unos corrales situados en la calle Los Labradores, propiedad de esta familia. Allí se dejaban los sacos, y eran ellos quienes se encargaban de bajarlos hasta el molino para la molienda y, después, de subir la harina ya transformada. Este servicio no era solo un trabajo: era una forma de cuidado hacia los vecinos, una confianza mutua entre quienes sembraban, recolectaban y quien ponía en marcha la maquinaria que convertía el esfuerzo en alimento.

      Con el tiempo, el molino pasó por compra a manos de los siete hermanos Romero de Alcañices,

      Luego sería el hermano más pequeño Alonso, que regresaba de médico  a Alcañices tras ejercer unos años en San Sebastián, quien se hiciera con el molino al comprárselo a sus hermanos.


Don Alonso Romero: el médico que dio alma al molino     

     Don Alonso Romero fue el más pequeño de siete hermanos. Cuando murió su padre, siendo todavía joven, se hizo cargo de él un tío de Benavente, que marcó también su formación y su camino posterior.

      Estudió Medicina en la Universidad de Valladolid entre los años 1920 y 1926. A su llegada a Alcañices, no tardó en ganarse el respeto y el cariño de la gente, tanto en el propio pueblo como en la vecina Portugal. Su nombre quedó ligado no solo al ejercicio de la medicina, sino también a la vida del molino, que bajo su mano adquirió una personalidad propia.

      Como propietario, dio carisma al molino: amplió propiedades cercanas y mandó construir una vivienda junto a él, uniendo en un mismo espacio la vida profesional, familiar y agrícola. De esta casa y de este molino nació una estirpe muy ligada al recuerdo de la ribera:


  • Mari Tere, la hija mayor.

  • Alonso, hijo que orientó su vida al mundo del mar, trabajando como técnico de motores de barcos en Terranova.

  • Luis, que siguió los pasos de su padre y estudió Medicina, trasladándose más tarde a Madrid, donde se casó con Isabel.



      Sería Luis quien heredase el molino. Introdujo en él alguna que otra mejora, continuando la labor familiar. Su muerte temprana hizo que la propiedad pasara a su viuda, Isabel, a quien muchos en el pueblo conocen cariñosamente como “Isabel la del Molino”, todavía visible en las calles de Alcañices como un vínculo vivo con aquella historia.


Vida y trabajo en el molino

El molino no solo vivía de sus dueños, sino también de las manos que día a día lo hacían funcionar. Entre los encargados destaca la figura de Juan, de Vivinera, recordado como “el hombre del bombo del grupo de Cirilo y sus muchachos", que cuidaban de la maquinaria y de los animales.

      Ellos engrasaban ejes, vigilaban el nivel del agua, alimentaban a las bestias de carga y se aseguraban de que las piedras girasen con la fuerza justa. El molino era taller, establo, almacén y punto de encuentro. En tiempos de cosecha, el trasiego de sacos, carros y voces llenaba la ribera de actividad: se mezclaban el polvo de harina con el olor del grano recién limpiado, el ruido del agua golpeando la rueda con el murmullo de las conversaciones entre vecinos.


Innovación en la ribera: la luz que vino del agua


      Uno de los hijos de Don Alonso llevó el molino un paso más allá en el tiempo de los avances técnicos. Instaló una dínamo que aprovechaba la fuerza del agua para generar electricidad. Gracias a ello, el molino tuvo luz propia y fue posible bombear agua hacia la casa.

      Esa innovación convirtió al molino en símbolo de modernidad en la ribera: el mismo río que movía las piedras de moler era también el que iluminaba la vivienda y hacía subir el agua, adelantándose a muchos otros lugares donde la electricidad tardaría más en llegar. Era una forma muy concreta de progreso: la tradición del molino ancestral conviviendo con la técnica del siglo XX.

Los molinos de agua en Aliste: un patrimonio comarcal

      La historia de este molino concreto se entiende mejor si se coloca en el contexto más amplio de la comarca de Aliste, en la provincia de Zamora. Aquí, los ríos Aliste y Manzanas han sido durante siglos auténticas columnas vertebrales de la vida económica y social.


      A lo largo de sus cauces se construyeron decenas de molinos de agua que permitieron moler el grano sin recurrir al esfuerzo de personas o animales, dejando atrás métodos más antiguos como el mortero.

      Aunque la tecnología del molino hidráulico se conocía ya desde unos siglos antes de Cristo, fue en la Edad Media cuando su uso se generalizó y organizó en Europa. En Aliste, estos ingenios alcanzaron su apogeo a partir del siglo XV, y muchos de los edificios que hoy vemos —aunque sea como ruinas— tienen su origen entre los siglos XVI y XVIII.

      Los molinos de agua eran infraestructuras esenciales para la industria agroalimentaria de la comarca. No solo estaban los pequeños molinos ribereños, sino también instalaciones de mayor envergadura, como la fábrica de harinas “Río Aliste”, en Domez de Alba, que jugó un papel decisivo en tiempos especialmente duros. Durante la Guerra Civil y la posguerra, su producción contribuyó a combatir el hambre y asegurar el abastecimiento de pan en buena parte de la zona.

      La propiedad de los molinos, como ocurrió con el de Don Alonso, solía ser particular. Solo quienes poseían derechos adquiridos podían moler en ellos, ya fuera por herencia, compra o acuerdos vecinales. La molienda, sin embargo, seguía siendo una tarea comunitaria: familias enteras participaban en el transporte del grano, la espera del turno, la recogida de la harina y las conversaciones que convertían cada jornada de trabajo en un acto de convivencia.


      Con la industrialización y los cambios en las formas de vida, muchos molinos de Aliste fueron quedando en desuso. El pan empezó a venir de panaderías abastecidas por grandes harineras, y el ruido de las piedras fue apagándose. Hoy, sin embargo, estos molinos se consideran un patrimonio etnográfico de gran valor. En distintos puntos de la comarca se han impulsado iniciativas para recuperarlos o, al menos, mantener su memoria viva: rutas de senderismo que recorren antiguos caces y cárcavos, actividades divulgativas y celebraciones como el “Día de la Molienda”, en las que se vuelve a poner en marcha, aunque sea por unas horas, la vieja maquinaria.


Cómo funcionaban: el ingenio del molino de rodezno


      En Aliste, la variante más común era el molino “de rodezno”, con rueda hidráulica horizontal. Su funcionamiento combinaba sencillez e ingenio:

  • Captación del agua:
    Se desviaba parte del caudal del río o del arroyo hacia un canal o caz, construido en piedra o tierra apisonada, que llevaba el agua hasta el molino.

  • Aprovechamiento de la fuerza:
    En el tramo final, el agua se aceleraba y se encauzaba por un conducto estrecho, el saetín, que la lanzaba con fuerza contra las paletas curvas (álabes) del rodezno, situado en el piso inferior, el cárcavo.

  • Transmisión del movimiento:
    El rodezno, al girar, movía un eje vertical que atravesaba el forjado y se unía directamente a la piedra superior de moler, la llamada muela volandera. No hacían falta engranajes complicados: el eje subía del agua a la harina.

  • Molienda del grano:
    En el piso superior, el cereal se vertía en una tolva. Poco a poco, el grano caía por el ojo de la piedra y se deslizaba entre la muela fija y la giratoria, donde era triturado y convertido en harina.
    Regulando la cantidad de agua y la separación entre las piedras se ajustaba la finura de la molienda.

      Este sistema, robusto y adaptado a los caudales modestos de los ríos y arroyos alistanos, apenas necesitó grandes cambios tecnológicos durante siglos. Por eso, quien conocía el molino de Don Alonso podía entender casi sin explicación el resto de molinos de la comarca: todos compartían la misma lógica del agua que empuja, la piedra que gira y el grano que se transforma en alimento.


Un río de molinos: la memoria de la ribera de Alcañices


      Pero el molino de Don Alonso no estaba solo. A lo largo de la ribera del Angueira, en el contorno de la villa de Alcañices, se extendía un auténtico rosario de molinos, cada uno con su dueño, sus historias y sus gentes. Hoy, al recordarlos, rescatamos también la memoria de quienes los construyeron y trabajaron en ellos.


Esta es la relación de los molinos que existieron en su día en el contorno de la villa:

  • Molino de la Urrieta, a la entrada del valle de Palazuelo.

  • Molino de la Ratona, en el camino de Alcorcillo.

  • Molino en el camino de la Quinta, junto al huerto de Pepe Campante.

  • Molino al lado del cañico de abajo.

  • Molino de las Tenerías, al lado del álamo blanco.

  • Molino al lado de la fuente de los Caños.

  • Molino de Canta Ranas, frente a la peña de los Judíos.

  • Molino del Cubo.

  • Molino de Carracuca, aguas arriba de la fuente herrada de la ribera.

  • Molino de Caipira, al lado del plantío de Corcovado.

  • Molino del mismo plantío de Corcovado.

  • Molino dos, en las proximidades de la peña del Pingón.

  • Molino en la boca de Peñacueva, movido por agua del arroyo.

  • Molino Blanco, con buena construcción.

  • Molino al lado del Pozo Cañones.

  • Molino de Sra. Rita, en la ribera de Urrieta los Cantos.

  • Molino del tío Pitoño, en la Peñahueca.

  • Molino del tío Jato, en Bozas

  • Molino dos del tío Quincote, en Bozas, uno de ellos con buena construcción.

  • Molino próximo al huerto del tío Quico el Sordo, en el arroyo de las Violares.

  • Molino dos del tío Religioso, hoy de los herederos de Don Alonso Romero.

  • Molino movido por el agua del arroyo de Urrietalagua, de Vivinera.

  • Molino de los Barrancos, en el mismo arroyo.

  • Molino de la Raya, ya en terreno portugués.

     Cada uno de estos nombres señala un punto en el mapa y, sobre todo, un capítulo en la historia de la ribera: lugares donde se encontraban vecinos, donde se cerraban tratos, se compartían noticias, se hablaba de cosechas, de emigración, de bodas y de lutos.


Agua, piedra y memoria


      Hoy, muchos de estos molinos han dejado de funcionar. Algunos son ruinas cubiertas de vegetación; otros se mantienen en pie como viviendas, almacenes o recuerdos de familia. Sin embargo, la memoria del molino de Don Alonso y de todos los molinos de la ribera de Alcañices sigue viva en las historias que pasan de padres a hijos y en personas como Isabel “la del Molino” o Sagrario, que recuerdan nombres, gestos y escenas que de otro modo se habrían perdido.

      Al enumerar de nuevo estos molinos, no hacemos solo un listado: trazamos un mapa sentimental de la comarca, donde el río Angueira no es un simple curso de agua, sino la columna vertebral de una forma de vida. Allí, durante décadas, el sonido del agua y el rodar de las piedras fue el pulso cotidiano de los pueblos. Y, en el centro de muchas de esas historias, permanece el molino de Don Alonso, testigo privilegiado de una época en la que, gracias a los molinos, el pan, la luz y el trabajo nacían del río.

Con la colaboración de A. Cerezal e Isabel "La del molino"





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