La historia de los camiones en Aliste y su legado familiar La empresa “La Alistana”

 

1. Un apellido sobre ruedas


    En la comarca de Aliste, cuando aún las carreteras eran de polvo y barro y el camión era casi un milagro andante, el nombre de La Alistana se convirtió en sinónimo de movimiento, de encomiendas y de futuro. Antes de que existieran las grandes compañías de paquetería y la logística moderna, el transporte en la zona tenía rostros y apellidos muy concretos: el de Manuel García Pérez, el de Gonzalo Fernández y el de un puñado de socios y familiares que levantaron, a base de horas de volante y talleres improvisados, una de las empresas de referencia del transporte en Aliste.

     La historia de La Alistana no es solo la de una flota de camiones. Es la historia de una familia y de una comarca que aprendió a mirar más allá de sus montes gracias a aquellos motores que rugían de madrugada, cargados de madera, mercancías y esperanzas.

2. Los orígenes: de los pueblos a la carretera

    El germen de La Alistana nace entre varios pueblos de la comarca –Sejas, Tola, Rábano y otros– donde los apellidos García, Fernández y Caballero empiezan a asociarse con los primeros camiones.



     Al principio, la empresa es una sociedad compartida entre varios propietarios:

  • Manuel García Pérez,

  • Gonzalo Fernández,

  • y otros socios como Manuel Mezquita Poyo (Fernandais) y Gerardo Galán.

  Con el tiempo, Manuel y Gonzalo irán adquiriendo las participaciones de algunos de ellos, consolidando el control de la empresa y dándole forma a lo que, popularmente, terminaría conociéndose como La Alistana.

   En aquellos años, iniciarse en el transporte no tenía nada de romántico: era una apuesta arriesgada en un territorio con vías precarias, inviernos duros y poca cultura todavía de transporte motorizado. Pero era también una puerta abierta al progreso: conectar pueblos con Zamora, con la estación de Renfe, con los mercados y con las obras públicas que empezaban a transformar el país.

3. Los primeros gigantes: del Hispano Suiza al Dodge americano


La memoria familiar sitúa el primer camión de La Alistana como un auténtico símbolo de época:

  • Un Hispano-Suiza, arrancado a manivela, que se recuerda como el camión número 1.
    Por él se pagaron, según se cuenta, 14.000 duros, una fortuna para la época.

Después vendrían otros modelos que hoy sonarían casi legendarios:

  • Un Studebaker adquirido a un transportista de Zamora, famoso por subir mineral desde San Martín del Pedroso. Por aquel camión, La Alistana pagó 41.000 duros, y fue durante un tiempo la joya de la flota.

  • Un Dodge traído desde América, que entró en España como “regalo” gracias a los contactos del señor Esteban, que estuvo en Cuba. La empresa lo pagó, pero oficialmente venía enviado como obsequio. Solo existían, se decía, dos camiones de ese tipo en España: uno en Vigo y el de La Alistana.


  • Un camión matriculado en Valencia, V-21456, con el volante a la derecha, comprado ya matriculado. En aquella época, circular con volante a la derecha no era problema: apenas había tráfico, y lo importante era que el camión tirase cuesta arriba.

  • Otros modelos como Chevrolet, Austin y varios más que fueron completando la flota.

      Con el paso de los años, La Alistana llegó a contar con hasta 10 camiones en activo, una cifra muy respetable para una empresa rural en aquellos tiempos. Para la comarca, ver aquella hilera de vehículos era casi como ver una pequeña compañía nacional instalada en mitad de Aliste.


4. Oficinas, garajes y vida alrededor del camión

     La empresa no era solo camiones: era un pequeño ecosistema humano y urbano.

     En el pueblo, las oficinas de La Alistana se encontraban donde hoy está Correos. Allí se gestionaba la paquetería, se organizaban las rutas y se quedaba con los vecinos para enviar o recoger bultos. La oficina era el corazón administrativo y, a la vez, un punto de reunión, de noticias y de tertulia.


Los garajes se extendían por varios puntos estratégicos:

  • Un gran garaje donde hoy está la carnicería de Fidel,

  • Otro cerca del Mesón y de la Plaza de las Moreras,

  • Espacios que, con el tiempo, cambiarían de manos: uno de ellos acabaría en propiedad del Confitero, otro había sido de Paulino y Esteban, y así, a base de ventas y repartos, los locales fueron cambiando de uso y de dueño.

    El padre de familia, Manuel, llegó a vivir encima del propio garaje, fundiendo literalmente vida familiar y trabajo. En Zamora capital, la empresa disponía también de instalaciones en la puerta de la Feria, lugar clave para dejar y recoger mercancía pesada.

5. La Alistana y la Renfe: el despacho auxiliar


     Uno de los grandes hitos de la empresa fue la concesión del “despacho auxiliar” de la Renfe para la zona. Todo lo que llegaba por tren, destinado a Aliste, era retirado por La Alistana en la estación y redistribuido por la comarca.
   Para gestionar aquel volumen de trabajo, se contrató a un oficinista de Bilbao, conocido como Gurruchaga, que llevaba el control del despacho y también regentaba un bar en la esquina de Manolillo (Hoy Mobiliaria Campoaliste),  con un curioso cartel "Vino de Valdepeñas" que si lo leías desde una calle ponía "Vino de Valde..., y si lo leías de la otra, .... peñas". La imagen del bar-oficina, donde se mezclaban cuentas, viajes y vasos de vino, refleja muy bien el espíritu de aquella época: el negocio se llevaba tanto en los papeles como en las barras de los bares.


6. El teléfono: un “camión más” sin ruedas

     Entre todos los cambios que vivió la empresa, hubo uno que los propios protagonistas recuerdan como revolucionario: la llegada del teléfono al pueblo. El padre de familia lo tenía clarísimo y solía repetir que el teléfono “le hacía más servicio que un camión más”.


  Hasta entonces, cada encargo importante exigía tiempo, desplazamientos y paciencia. Uno de los mejores clientes de La Alistana era el padre de Jesús Fernández, conocido como Perico de Mahide, carbonero de oficio. Suministraba carbón a casi todos los herreros de la comarca y también de la zona de Sayago. Cada vez que necesitaba un camión, Jesús tenía que venir en bicicleta hasta el pueblo para pedirlo: subir, hablar con el señor Manolo, concretar el día, volver… y todo eso, lloviera o no, con el cansancio y las prisas del trabajo diario.

      Algo parecido le ocurría al padre de Crispín, que también dependía del transporte para sus negocios. El teléfono cambió por completo esa dinámica. A partir de entonces, bastaba con descolgar y decir algo tan sencillo como:

“Señor Manolo, queremos un camión mañana para ir a La Bañeza.”

      La conversación, que antes exigía kilómetros de pedaleo, se resolvía en unos segundos. Y de paso, se podía echar la partida, comentar cómo iba el negocio y ajustar mejor las rutas.

      El teléfono no solo facilitó la vida de clientes como Jesús o Crispín; también permitió a La Alistana organizar mejor los camiones, reagrupar cargas, evitar viajes en vacío y responder con más rapidez a las urgencias. La comunicación, que antes iba al ritmo de las bicicletas y los caminos, empezó a ir al ritmo del timbre del aparato.

      En una empresa cuya fuerza estaba en las ruedas, aquel cable que traía la voz a distancia se convirtió en una herramienta tan decisiva como el mejor de los camiones.

7. La contabilidad de Mateo Román


   En aquella estructura empresarial, a medio camino entre lo familiar y lo profesional, hubo una figura clave para que las cuentas cuadraran: el contable, don Mateo Román.

     Dejó la contabilidad de la empresa cuando dio el paso de montar la panadería y empezar a dedicarse de lleno al pan, sustituyéndolo D. José maestro del pueblo, apodado “Tenazas”.

    Antonio, que de niño se movía ya entre camiones y papeles, dice en tono medio serio medio divertido que pasó “más horas en La Alistana que en el colegio”. Esa frase resume bien lo que era la empresa: no solo un trabajo, sino una auténtica escuela de vida donde los jóvenes aprendían de todo un poco: a conducir, a cargar, a tratar con clientes… y también a entender lo que valía cada viaje cuando Mateo sacaba el cuaderno y hacía números.

8. Vinos, cántaros y camiones: anécdotas de vendimia

      Otra de las facetas importantes de La Alistana fue el transporte de vino para las tabernas de los pueblos. Cuando tocaba “pasar vino”, varios taberneros se juntaban para completar un camión. Iban a las oficinas y el padre de Antonio preguntaba siempre:

—“¿Para cuántos cántaros vais a juntar?”

    A partir de ahí, calculaba el peso de los cántaros y decidía qué camión mandar: si el Hispano de 5, 6, 7 toneladas, o el de 8 o 10.

    Una de las anécdotas más recordadas la cuenta Antonio García. Con el Studebaker fue a El Perdigón con varios taberneros —entre ellos el abuelo de Fidel, Pedro Fernández, y Valentín Lorenzo—. Era invierno y, como era costumbre, antes de cargar fueron probando vino en varias bodegas, hasta acabar todos bien alegres.

     En una de ellas,  en medio del jaleo cargaron los pellejos de tres clientes y se olvidaron los de Ramón, que quedaron colgados en la pared, donde se ponían para que el sol despegara la pes. Solo se dieron cuenta varios kilómetros después. Hubo bronca a la hora de pagar el porte, porque nadie quería pagar por unos pellejos que no habían viajado. Al final todo terminó, como tantas veces, con una comida bien regada de vino en casa de Alfonso, y la historia quedó para siempre en el repertorio de anécdotas de La Alistana.

9. El taller: sudor, hierro y ballestas al rojo

     Si los camiones eran el músculo de La Alistana, el taller era su corazón mecánico. En el garaje conocido
como “de la cacharra” se ubicaba el taller, donde trabajaba Ramón Carnero, un artesano del hierro que se encargaba, entre otras cosas, de hacer y reparar ballestas.

      En tiempos en que las carreteras destrozaban las suspensiones y las piezas no se encontraban con facilidad, poder contar con alguien capaz de calentar el hierro en la fragua, moldearlo a martillazos y montar de nuevo el camión era casi cuestión de supervivencia empresarial. La escena de Ramón, quitándose la gorra para soportar el calor del hierro al rojo, mientras pedía “¡Dale fuerte!”, forma parte del imaginario familiar y de la propia historia de La Alistana.

     En el taller también se realizaban adaptaciones improvisadas pero ingeniosas, como el cambio de motores entre camiones: el motor de gasolina de un Austin acabó montado en el viejo Hispano-Suiza, mientras que al Austin le pusieron un motor Perkins inglés en los talleres Conde de A Coruña. Resolver con creatividad lo que hoy exigiría una ficha técnica y un ingeniero era, entonces, cuestión de necesidad y oficio.

10. Paquetería, madera y obras: un trabajo sin horarios


    Las actividades de La Alistana fueron múltiples y cambiantes, siempre ligadas a las necesidades del momento:

  • Paquetería y mercancía general para la comarca, recogiendo en la estación y distribuyendo pueblo a pueblo.

  • Transporte de madera, sobre todo castaño, desde zonas como San Ciprián, La Tejera y Villarino tras la Sierra. La madera se llevaba por caminos para dejarla a pie de las carreteras para entregarla a industriales valencianos que la destinaban a fábricas donde se producía chapa para muebles.

  • Transporte para obras públicas, como el campamento de Las Herrerías, donde se bajaba piedra con camiones Hispano-Suiza o la participación posterior en grandes proyectos como la factoría siderúrgica de Ensidesa en Avilés, ya con camiones GMC tipo guerra, de tres ejes atrás y uno delante, con volquetes basculantes.

    El día a día era duro: largas jornadas, carreteras complicadas, constantes averías, inviernos con nieve y barro. Los jóvenes de la familia empezaban a trabajar muy pronto; a los 14 años ya estaban de choferes o ayudantes, durmiendo en casas de campo o en pensiones de paso, como la de la “señora María”, donde paraban al ir a las obras.

11. Una gestión difícil y el inicio de la dispersión familiar

     Aunque la empresa llegó a tener una flota importante y trabajo constante, internamente no siempre estuvo bien gestionada. Los hijos recuerdan cómo se trabajaba “como burros”, rompiendo los camiones y el cuerpo, pero sin ver reflejadas esas penurias en una buena organización económica.


   Cuando comenzaron a sacar grandes cantidades de madera para Valencia, dejándola “al pie de carretera” para los compradores, surgieron las primeras tensiones generacionales. Los hijos reclamaban mayor participación y una gestión más moderna de los beneficios. Los fundadores, Manuel y el señor Esteban, reconocían en parte los argumentos: “Nosotros no estamos preparados para esas cosas”. Pero les costaba dejar el control.

    Aquella fricción fue el inicio del replanteamiento familiar. Mientras La Alistana llegaba a comprar un camión Pegaso Barajas para seguir creciendo, los hijos empezaban a mirar hacia fuera.

12. Nuevos caminos: bodegas, gaseosas y San Sebastián

     La salida de los hijos no fue un abandono, sino una evolución natural de la historia familiar:

  • Florentino, uno de los hermanos, montó en el pueblo una bodega de vinos junto a otro socio.

  • Más tarde, él y Manolo, otro de los hermanos, se asociaron para dedicarse a la distribución de gaseosas y cervezas por la zona de Puebla de Sanabria. El negocio no terminó de funcionar como esperaban, y Manolo acabaría comprando un camión basculante, trabajando en los turnos de los túneles de Padornelo y la Canda y, finalmente, marchando también hacia nuevos horizontes, concretamente a San Sebastián, fundando la empresa GARCIFIG SL., empresa de trailers, activa en la actualidad (https://garcifig.com/).  
  • César y otro de los hermanos también  se fueron a San Sebastián, donde primero trabajaron de chóferes y luego crearon su propia empresa de transporte "GACE", independizándose así del negocio paterno. Con el tiempo, incluso venderían dos de sus camiones –un tres ejes y un tráiler– a Manolo y a su primo Angelito, manteniendo el transporte como oficio familiar, pero ya en otro escenario.

     Mientras tanto, La Alistana seguía trabajando, pero ya no era el único eje económico de la familia. La red de negocios –bodega, distribución de bebidas, transporte en el País Vasco– mostraba la capacidad de adaptación de una saga que, aun saliendo de un entorno rural, supo encontrar su sitio en otros lugares.

13. La Alistana en las grandes obras: Ensidesa y más allá

     

Aunque el grueso de la actividad siempre estuvo vinculado a Aliste y Zamora, La Alistana también dio el salto a grandes obras en el resto de España. Un ejemplo emblemático fue su participación en la construcción de Ensidesa en Avilés, uno de los grandes proyectos industriales del siglo XX en España.

     Para esos trabajos se adquirieron dos camiones GMC tipo guerra, con dos ejes traseros y uno delantero, volquetes robustos pensados para soportar duras condiciones. La experiencia en Ensidesa duró alrededor de dos años, con varios miembros de la familia –como Florentino y otros socios– dedicados de lleno a las obras.

     Aunque la presencia fuera de la comarca no fue masiva ni duradera, dejó claro que La Alistana estaba en condiciones de competir en entornos más exigentes, llevando el nombre de Aliste a grandes proyectos nacionales.

14. Un legado que sigue rodando en la memoria

      Hoy, muchos de aquellos garajes son comercios, bares o viviendas. Los camiones ya no duermen bajo aquellas cubiertas, y las oficinas junto a Correos han cambiado de papeles y de manos. Pero La Alistana sigue viva en la memoria familiar y en la de la comarca. Y su memoria activa en San Sebastián, en la mencionada empresa GARCIFIG SL.


Permanece en:

  • Las historias contadas en los bares, con un vaso de vino por delante.

  • Los recuerdos de los motores arrancados a manivela en las frías mañanas de invierno.

  • Las anécdotas de viajes interminables cargados de madera, castañas, paquetes y sueños.

  • Los nombres de quienes lo hicieron posible: Manuel, Gonzalo, Esteban, Paulino, Florentino, Manolo, Antonio, César, Angelito y tantos otros que trabajaron en los talleres, en las oficinas o detrás de un volante.

      La historia de La Alistana es, en el fondo, la historia de cómo una familia de una comarca humilde se subió a un camión para llevar su trabajo más allá de sus fronteras. Es el relato de una Aliste que empezó a abrirse al mundo por las ruedas de aquellos vehículos, y del esfuerzo silencioso de una generación que, a base de hierro, gasoil y coraje, dejó un legado que todavía hoy se recuerda con orgullo. 

AGRADECIMIENTO

      Este artículo no hubiera sido posible sin la memoria y la generosidad de Antonio García, conocido en la comarca como Antonio Fornillos.

      Sus recuerdos, sus anécdotas y su paciencia al ir desgranando nombres, fechas, camiones y personas han permitido reconstruir la historia viva de La Alistana más allá de los papeles y los archivos.

      Antonio fue niño entre camiones, aprendiz entre mayores y, con el tiempo, conductor y testigo privilegiado de una época en la que Aliste se subió a las ruedas de La Alistana para asomarse al mundo.

      En sus palabras late el ruido de los motores, el olor a gasoil, el crujir de las ballestas, las risas en las bodegas, las broncas por los pellejos de vino y la seriedad de las cuentas en el cuaderno de contabilidad.

      Este reconocimiento a Antonio Fornillos es, al mismo tiempo, un homenaje a todos los hombres y mujeres que hicieron posible la empresa, a quienes condujeron, cargaron, arreglaron, avisaron por teléfono, pidieron camiones, firmaron portes o simplemente miraron pasar, con orgullo, aquellos vehículos que llevaban el nombre de su tierra.

      Que estas líneas sirvan para darle las gracias a Antonio por conservar la memoria de La Alistana y compartirla, para que no se pierda y siga rodando, como aquellos camiones, de generación en generación.

 






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