Churros, carbón y memoria: la tradición churrera de Alcañices, del siglo XIX a los años 70
Introducción: el aroma que tejió una historia
La historia de Alcañices, villa fronteriza del noroeste zamorano, se ha construido tanto con piedra como con aroma. Entre los humos de los braseros y los ecos de las campanas del convento, el olor a masa frita ha sido, durante generaciones, uno de los signos más cálidos de su identidad. La tradición churrera del pueblo se remonta al siglo XIX, cuando Rufina Rivas abrió la primera churrería en la Plaza Mayor. Su iniciativa, modesta pero pionera, sentó las bases de una saga familiar que, con paciencia y fuego lento, ha llegado hasta nuestros días.
Los orígenes: Rufina Rivas y el primer fuego
De Rufina se conserva más el recuerdo que la fotografía, pero su nombre pervive como punto de partida. En una época en la que las mujeres rara vez figuraban en registros comerciales, ella abrió un pequeño puesto de churros en el corazón del pueblo. En torno a su brasero se congregaban campesinos, feriantes y caminantes. Aquella mezcla de harina, agua y sal, cocida en aceite humeante, se convirtió en alimento, refugio y conversación. Así nacía una tradición que, más que un oficio, sería un legado familiar y cultural.
Alejandro y Agustina: la Alcañices del carbón y el aguardiente
En los años 60, cuando el amanecer llegaba frío y las piedras del convento guardaban aún la humedad de la noche, Alejandro López Rivas, hijo de Rufina, continuaba el ritual heredado. Se le podía ver cada mañana junto a la cruz de la plazoleta, atizando el carbón con el mismo gesto pausado de su madre. El fuego, símbolo de continuidad, encendía no solo la sartén de los churros, sino la vida misma de Alcañices. A su lado, en el interior del pequeño local, Agustina Rivas Gago tejía la otra mitad de la rutina. Su tarea comenzaba con la masa —una alquimia simple pero precisa—, mientras el café burbujeaba en una olla esmaltada. Sobre una repisa esperaban las copas de cristal, destinadas al primer trago de aguardiente con el que los parroquianos templaban el cuerpo antes de iniciar la jornada.
El espacio no era solo una churrería; era un centro de reunión. Hombres con boina, mujeres con cestas de mimbre y niños con monedas en el bolsillo compartían el mismo aroma: churros recién hechos, carbón encendido y café tostado. En aquellos inviernos duros, la churrería del convento era calor, palabra y pertenencia.
Los “Autores”: la llegada del día
Cada mañana, cuando los autobuses “Autores” llegaban desde San Martín del Pedroso o Villardeciervos, la plaza recuperaba su bullicio. Entre los viajeros que descendían, medio adormilados aún, se abría paso la hija de Cachete con su cesta de churros. Forrada con paños blancos, ofrecía su mercancía con voz alegre. Era un cuadro costumbrista de economía popular: la mujer vendedora, el viajero curioso, el olor a aceite y azúcar que marcaba el pulso matutino del pueblo.
Los churros se vendían por unidad o por docena, y a veces se regalaban los rotos o torcidos a los más pequeños. Aquellos gestos simples —un cucurucho de papel, un saludo, un sorbo de café— formaban parte del tejido invisible de la vida rural.
El legado familiar: Ángel “El Churrero” y las nuevas generacioñ
El hijo de Alejandro y Agustina, Ángel López, conocido por todos como El Churrero, heredó el arte del fuego y la masa. En 1966 trasladó el negocio a la avenida San Francisco, donde durante más de tres décadas mantuvo viva la tradición. Su habilidad no solo fue técnica; también supo conservar la dimensión humana del oficio: la cercanía, la conversación y el sentido de servicio al pueblo.
Hoy, el saber churrero de los López Rivas continúa en manos de su hijo Ángel López Santiago y de sus nietos Alejandro y Abel, quienes representan la quinta generación de una familia que ha convertido la fritura en patrimonio cultural. En cada masa que preparan, en cada chisporroteo de aceite, pervive el eco de aquellos amaneceres junto al convento.
La churrería de Vila: el otro aroma del Hospital
Mientras tanto, en la misma época, otra familia mantenía encendida una llama paralela. La churrería de Vila, situada en la Calle del Hospital, fue durante los años 60 y 70 otro de los epicentros del comercio popular alcañicino. Dirigida por Manuel Noro Pérez e Inocencia Lorenzo Bartolomé, representó una forma de vida donde el trabajo familiar, el ingenio y la subsistencia se entrelazaban.
La familia Vila convirtió la venta de churros en una actividad múltiple: además del local fijo, realizaban venta ambulante por el pueblo y sus alrededores.
A menudo, los hijos se levantaban antes del amanecer para recorrer las calles con cestas de mimbre, ofreciendo churros aún calientes. No faltaban las jornadas frías ni los caminos embarrados, pero la sonrisa era parte del trato. En algunos pueblos cercanos, como Alcorcillo, se documenta incluso el trueque de churros por alimentos —garbanzos, harina o tocino—, símbolo de una economía solidaria y creativa.
Entre el contrabando y la supervivencia
La frontera portuguesa, tan cercana, ofrecía más de un horizonte. En paralelo a la venta de churros, el padre de familia —conocido simplemente como Vila— trabajaba en la llegada de autobuses Autor-Res, ayudando a descargar paquetes y encargándose especialmente de los destinados a la farmacia Calvo. En ese contexto, no era extraño que participara también en redes de contrabando, una práctica extendida en toda la comarca de Aliste.
Con habilidad casi artesanal, lograba abrir y volver a sellar paquetes sin dejar rastro, incluso los termosellados. Se trataba de un contrabando menor, de apenas 8 o 10 kilos, pero suficiente para complementar los ingresos familiares. En esa economía paralela se entremezclaban necesidad y astucia, supervivencia y discreción.
Un rincón para la cultura: la estantería de novelas
Uno de los detalles más curiosos de la churrería de Vila era su estantería de novelas populares. Entre el aroma a aceite y el murmullo del vecindario, los clientes podían hojear o intercambiar ejemplares de Marcial Lafuente Estefanía, Corín Tellado y otros autores de quiosco, las más abundantes las del Oeste. Por una peseta, se podía llevar una novela y dejar otra, convirtiendo el local en un pequeño centro de lectura comunitaria.
A través de esas páginas —de pistoleros y amores imposibles— circulaba también la imaginación de un pueblo. En tiempos en que los libros eran lujo y la televisión apenas asomaba, la churrería fue espacio de cultura compartida, de tertulia, de educación sentimental.
Memoria viva: del fuego al sol patrimonio
Hoy, ni la churrería de Vila ni la de Alejandro junto al convento existen físicamente, pero su recuerdo pervive. En las conversaciones de los mayores, en las fotografías sepia guardadas en los cajones, en el eco de las historias contadas a los nietos. Cada generación ha aportado un gesto, una receta, una manera de encender el fuego.
La tradición churrera de Alcañices es más que una anécdota gastronómica: es un símbolo de identidad local, de memoria colectiva y de cultura del trabajo. En torno a una sartén y una taza de café se construyeron vínculos, se tramaron economías, se compartieron lecturas y se educaron generaciones.
En cada churro servido aún late una historia: la de Rufina, Alejandro, Agustina, Ángel y Vila, y con ellos, la de un pueblo que hizo de la harina y el fuego una forma de ser.
Epílogo: el sabor de la memoria
Hay tradiciones que se extinguen y otras que se transforman. En Alcañices, el churro ha sobrevivido al carbón, al contrabando y a los cambios del tiempo. Su presencia en ferias, plazas y desayunos sigue recordando que las raíces de un pueblo también se saborean.
Entre la historia y el mito, entre el aceite y la palabra, la churrería de Alcañices permanece como una llama encendida: humilde, cálida y persistente.














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