El Salto de la Bomba


 

🧨 El Salto de la Bomba

Juego tradicional de Alcañices

En las tardes largas de Alcañices, cuando el sol se colaba entre las rejas y los canalones brillaban como testigos mudos, los niños se reunían para jugar al Salto de la Bomba. No hacía falta más que una calle tranquila, una reja firme, y el deseo de volar sin tocar el suelo.


Dos capitanes se enfrentaban, no con gritos ni empujones, sino con los pies. Uno frente al otro, avanzaban colocando el pie delante del otro, como en una danza de estrategia. Cuando ya no quedaba espacio, el que no podía avanzar decía con solemnidad: —Piso, paso y me salgo. Y si lograba cruzar su pie entre los del rival, ganaba el derecho de elegir primero. Así nacían los equipos, uno a uno, como en las antiguas cuadrillas de pastores o mozos de fiesta.

El grupo que debía “ponerse” se alineaba como columna humana, apoyados en una reja, un balcón o un canalón. Uno detrás del otro, hombro sobre trasero, cabeza en cadera, formando una estructura viva, tensa, resistente. Eran el puente, el desafío, el soporte.

Del otro grupo, el más ágil iniciaba el salto. No era un salto cualquiera: era un vuelo calculado, un aterrizaje preciso sobre los cuerpos de sus compañeros. Uno a uno, iban montando, como jinetes sin caballo, hasta que la columna temblaba bajo el peso y la risa.

Si alguno tocaba el suelo, se perdía. Se cambiaban los papeles. Y si no había juez, las discusiones brotaban como cardos en verano: —¡Tocaste! —¡No, fue el canalón que cedió! Pero al final, entre risas y empujones, se volvía a empezar. Porque en Alcañices, el juego era más fuerte que la riña, y el salto más alto que el enfado.

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