🔔 La campana del presagio
🔔 La campana del presagio
En
Alcañices, cuando el cielo se encapota y el viento silba entre los tejados, hay
quienes aún miran hacia el campanario con un escalofrío en la espalda. Porque
no es solo piedra y bronce lo que se alza allí: es memoria viva, es voz
antigua, es advertencia.
Una noche de
otoño, hace ya muchas décadas —dicen que fue en los años cincuenta, cuando la
guerra aún pesaba en los silencios—, una tormenta se desató con furia sobre el
pueblo. El agua golpeaba las calles empedradas, los rayos cruzaban el cielo
como cuchillos, y el viento parecía querer arrancar las puertas de cuajo.
De pronto, la campana mayor de la iglesia comenzó a sonar. No con el ritmo alegre de las fiestas, ni con el lamento de los entierros. Sonaba sola, grave, espaciada, como si cada golpe fuera un latido de algo que no quería morir.
Los vecinos
se asomaron, temerosos. Nadie subía al campanario. Nadie tocaba el badajo. Y
sin embargo, el sonido seguía, como si una mano invisible —vieja, sabia,
dolida— la agitara desde dentro.
Al día
siguiente, llegó la noticia: un incendio había arrasado parte de un pueblo
cercano, y una familia entera había quedado sin hogar. Algunos murmuraron
que la campana había querido avisar. Otros, que era el alma del pueblo llorando
por lo que estaba por venir.
Desde
entonces, cuando la campana suena sin motivo, los más viejos se persignan. Los
niños guardan silencio. Y los pastores, al volver del monte, miran al cielo con
respeto. Porque la campana de Alcañices no solo marca las horas: marca los
destinos.


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