Leyenda del salto del Apóstol Santiago (Peña Furada, Aliste)

 

Leyenda del salto del Apóstol Santiago (Peña Furada, Aliste)

Cuentan los viejos de la Raya que, una tarde de polvo y silencio, un peregrino de capa raída y concha al pecho cabalgaba hacia poniente. Era el Apóstol Santiago —dicen—, montado en un caballo claro que no dejaba huella en la arena.

Al llegar a Peña Furada, el camino se rompía en vacío: la roca, horadada y altísima, caía a pico sobre un reguero seco. Detrás, un tropel —moros para unos, bandidos para otros— venía cerrando el paso. El Apóstol, sin espolear, inclinó la frente:

—Si no hay puente, que baste la fe.


Entonces el caballo dio un brinco imposible. En mitad del aire, las crines se encendieron como espigas al sol. Cayó del otro lado y, al tocar la piedra, las herraduras se marcaron en la roca viva, dos óvalos hondos como cuencos. Y justo allí, donde el hierro besó la peña, brotó un hilo de agua que todavía hoy llaman algunos la fuente del Caballo.

Los de Gallegos del Campo subieron al poco, alertados por el estruendo. Hallaron la piedra con las señales del casco y el agua nueva murmurando. “Milagro”, dijeron. Desde entonces, cuentan, quien llega cansado del trabajo o del camino se lava la cara con esa agua fresca “para que vea claro y ande ligero”. Y los niños, en días de fiesta, intentan encajar sus pies en las marcas, por ver si el verano trae cosecha buena.

Hay quien jura que, al atardecer, si uno guarda silencio, se oye una campanilla muy fina debajo de la peña, como una herradura que vuelve a tocar la roca. No es miedo, dicen: es el recuerdo del salto.

Así quedó la enseñanza en la comarca: donde termina el sendero, empieza el brinco. Las fronteras son de piedra, pero la fe —y el buen camino— las salta de un impulso. Y si preguntas por qué en esa peña hay huellas que no borra la lluvia, las abuelas se ríen y responden:

—Porque una vez pasó Santiago… y no quiso dejar pasar el olvido.

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