♀️ Las brujas del monte callado
♀️ Las brujas del monte callado
En los altos
de Aliste, donde el viento silba entre los piornos y las encinas parecen
guardar secretos, se decía que las brujas se reunían al caer la noche.
No eran como las de los cuentos forasteros, con sombreros puntiagudos y escobas
voladoras. No. Las brujas alistanas vestían de negro o de gris, con mantones
gastados y ojos que habían visto más de lo que querían contar.
Se reunían
en claros ocultos entre San Vitero y Rabanales, donde el monte se abre como una
herida antigua. Allí, bajo la luna, encendían fuegos con leña seca y mezclaban
hierbas, huesos de animales, raíces y cenizas. Algunas curaban con sus
manos, otras sabían detener una hemorragia con solo mirar. Había quien decía
que ayudaban en partos imposibles, cuando el médico no llegaba y la vida
pendía de un hilo.
Pero no
todas eran benignas. Algunas hablaban con los lobos. Otras sabían el nombre de
los muertos antes de que murieran. Y si alguien las veía —por accidente o por
curiosidad— debía guardar silencio absoluto, porque si hablaba… quedaba
mudo de alma. No perdía la voz, sino el fuego interior: la capacidad de
sentir, de recordar, de soñar.
Los pastores
evitaban ciertos senderos al anochecer. Las mujeres mayores dejaban sal en las
ventanas. Y los niños aprendían que no todo lo que se mueve en el monte es
animal.
Hoy, los
altos siguen allí. Silenciosos. Y aunque nadie habla ya de brujas, hay noches
en que el viento cambia de tono, y los perros no ladran. Entonces, los más
viejos dicen que las brujas han vuelto a caminar.

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