El Matadero de Alcañices: Recuerdos de Sangre, Río y Paños Blancos
🐂 El Matadero de Alcañices: Recuerdos de Sangre, Río y Paños Blancos
Durante los años 60, en un rincón discreto de Alcañices, funcionaba un pequeño matadero que, aunque modesto en infraestructura, era fundamental en la vida diaria del pueblo. Cerró sus puertas en los años 70, pero su historia sigue viva en la memoria de sus vecinos. Una vecina nos comparte sus recuerdos, llenos de detalles que hoy forman parte del patrimonio oral de la comunidad.
🚪 Un edificio sin agua, pero con dignidad
El matadero no contaba con agua corriente. El agua se traía del río en cubos o herradas, y con ella se limpiaba cuidadosamente cada rincón. La luz eléctrica sí estaba presente, pero no había bombillas fijas: cada carnicero llevaba la suya para poder trabajar. Era una solución práctica y personal, que añadía un toque casi ritual al inicio de cada jornada.
Había una habitación cerrada con llave donde se guardaban los animales sacrificados, generalmente terneras, hasta el día siguiente. Entonces, envueltos en un paño blanco limpio, eran llevados a la carnicería sobre el lomo de un caballo o una burra. Era un gesto casi ceremonial, que hablaba de tradición y cuidado.
🐄 Marcar para reconocer
Cuando se compraba un ternero, especialmente en contextos rurales o ganaderos tradicionales, se solía marcar para identificar la propiedad. Una herramienta clásica para esto era la tijera para marcar ganado, que se usaba para hacer cortes específicos en la piel del animal, creando una señal única y reconocible.
🐴 Tratantes a caballo: carne, palabra y polvo en el camino
Muchos de los tratantes que compraban ganado en Alcañices eran también carniceros. No solo negociaban en ferias o mataderos, sino que recorrían los pueblos a caballo, buscando animales, cerrando tratos, y abasteciendo sus carnicerías con lo mejor que encontraban. Era una figura doble: comerciante y artesano, jinete y matarife.
En la foto vemos a Tomás Figueroa, conocido como “Farruco” o “Farras”, uno de esos hombres que encarnaban el oficio con dignidad. Su presencia era reconocida en toda la comarca. El caballo no era solo medio de transporte, era símbolo de oficio, de respeto ganado en el polvo del camino.
Cuando llegaban a una finca, no hacía falta mucha ceremonia. Bastaba una mirada al animal, unas palabras entre hombres, y si se cerraba el trato, se marcaba el ternero. Aunque no se lo llevaran ese día, la marca ya decía que estaba vendido. Y si otro tratante pasaba por allí y veía la señal, sabía que ese animal ya tenía dueño. No se tocaba. Era ley no escrita, pero respetada como si lo fuera.
👨🍳 Los carniceros del pueblo
Cuatro carniceros compartían el espacio, cada uno con su ritmo y disponibilidad. Sus nombres aún resuenan entre los mayores del lugar:
| Carnicero | Apodo o nombre familiar |
|---|---|
| Isidoro Ramos | Valiño |
| Tomás Figueroa | Farruco o Ferras |
| Antonio Anta | Cadete |
| Francisco Anta | Patito |
Rara vez coincidían todos a la vez. A veces uno terminaba y otro comenzaba, esperando turno en los dos únicos sangraderos disponibles. Tras el sacrificio, las tripas se desentretiñaban y se lavaban en el río. Las terneras se colgaban en la parte tejada del edificio, donde se terminaban de preparar para su venta.
📷 Imágenes que hablan por todos
En este artículo se mencionan varias carnicerías y personas que formaron parte esencial del oficio en Alcañices. Hubiera sido mi deseo disponer de fotografías de todos ellos, para rendir homenaje completo a quienes marcaron una época con su trabajo y presencia.
Sin embargo, valgan en memoria de todos las dos imágenes que acompañan este artículo, como símbolo colectivo de un oficio compartido:Tomás Figueroa, conocido como “Farruco” o “Farras”, partiendo en su caballo a la compra de un ternero, encarnando la figura del tratante que recorría caminos con palabra firme y mirada experta.
Adela García, su mujer, despachando carne detrás del mostrador de su carnicería, situada en la Plaza Ferreras, con la dignidad serena de quien conoce cada corte y cada cliente.
Estas imágenes no solo ilustran una historia: la sostienen. Y en ellas, están todos los que alguna vez colgaron una ternera, pesaron con romana o marcaron ganado con tijera. Porque la memoria también se construye con gestos, miradas y silencios compartidos.
⚖️ La romana de brazo: el peso de cada pieza
Cuando el trato de compra era al peso, se utilizaba la romana.
Fabricada en hierro, con su brazo graduado y su pesa móvil, esta romana permitía calcular el peso con precisión. Se colgaba la pieza en uno de los ganchos, y el tratante desplazaba el contrapeso hasta encontrar el equilibrio. No hacía falta electricidad ni pantallas digitales: bastaba el ojo entrenado y la experiencia del oficio.
Solía estar colgada en una viga, con el hierro ya oscuro por el uso y el paso del tiempo. Cada lectura era una cifra que se traducía en precio, en reparto, en cálculo justo. Y aunque hoy parezca rudimentaria, en aquella época era símbolo de rigor y respeto por el trabajo bien hecho.
La romana de brazo no solo pesaba carne: pesaba confianza, oficio y memoria.
📇 Un carnet que habla por sí solo
Entre los recuerdos que han llegado hasta nosotros, destaca una tarjeta de control y renovación anual provisional del año 1972, perteneciente al Sindicato Nacional de Ganadería y la Agrupación Nacional de Carniceros-Salchicheros. Fue emitida en la provincia de Zamora, y acredita la pertenencia de uno de los carniceros de Alcañices a la estructura gremial de la época.
Este documento, aportado por un descendiente de los protagonistas de esta historia, no solo valida el oficio, sino que lo sitúa en un contexto más amplio: el de una España donde los oficios estaban regulados, reconocidos y vividos con orgullo. El sello oficial, las firmas y el lenguaje administrativo contrastan con la cotidianidad del matadero, pero juntos componen el retrato completo de una profesión que era tanto técnica como vocacional.
🧒 Juegos entre cuernos y tablas
Para los niños, el matadero era también fuente de imaginación. Solían recoger los cuernos que quedaban tras los sacrificios y con ellos construían una “touruda”: una tabla con los cuernos clavados en los extremos y un palo atravesado para sujetarla con las manos. Quien la llevaba hacía de toro, recreando en sus juegos lo que veían en la vida real.
🐐 Más allá de la ternera
Aunque la ternera era lo más común, esta vecina recuerda que su madre también vendía cabrito y cordero en contadas ocasiones. Cada sacrificio contaba con su guía correspondiente, pagada al veterinario, como exigían las normas sanitarias de la época.
🏚️ El final de una etapa
Con la llegada de los años 70, las normativas cambiaron y cada carnicero tuvo que construir su propio matadero. Así terminó la historia de aquel edificio comunal, que durante una década fue testigo de trabajo, tradición y comunidad.
Con la
llegada de los años 70, las normativas cambiaron y cada carnicero tuvo que
construir su propio matadero. Así terminó la historia de aquel edificio
comunal, que durante una década fue testigo de trabajo, tradición y comunidad.








Comentarios
Publicar un comentario