Paulina Cerezal Calveche: la partera de Alcañices y el legado de las comadres rurales
Paulina Cerezal Calveche: la partera de Alcañices y el
legado de las comadres rurales
Paulina Cerezal
Calveche nació en Rábano, una pequeña localidad zamorana, concretamente en la
caseta del peón caminero de Sejas, su padre, pero su vida estuvo íntimamente
ligada a Alcañices, en la comarca de Aliste. Casada con Luciano Rego
Viñas, natural de Pazó de Oteiro (Braganza, Portugal), formó una familia
numerosa de siete hijos: María, Antonio, Ignacio, Severino, Modesto, Engracia y Angelita. La vida
familiar de Paulina reflejaba el tejido humano de una región fronteriza, donde
las costumbres de España y Portugal se entrelazaban.
Luciano, su marido, había trabajado como sanitario en el hospital de Braganza. Sin formación académica, aprendió a curar fracturas y aliviar dolores con remedios caseros: flor de saúco, cañilero, raíces de cardo. Esta mezcla de saberes populares y experiencia práctica sería parte del entorno que acompañó a Paulina en su oficio.
🍼 La partera: un pilar en la vida
rural
En la España rural de los años cincuenta, dar a luz en casa era lo habitual. Los hospitales quedaban lejos, los traslados eran complicados y costosos, y los recursos médicos eran escasos. En ese contexto, las parteras tradicionales —llamadas así, no “comadronas”— eran figuras esenciales.
Paulina era muy
conocida y solicitada en Alcañices y pueblos vecinos. No destacaba por un
saber técnico superior, sino por su coraje y determinación. Si veía que
el bebé venía mal posicionado, no dudaba en intervenir y girarlo. Esa decisión
salvó vidas y le granjeó el respeto de los médicos locales: Don Carlos, Don
Servilio y, más tarde, Don Manuel. Su hija Angelita recuerda:
“No fuimos
ricos, porque el capital se nos acabó antes de nacer. Pero si alguien se metía
con mi madre… ¡cuidado! Tenía genio”.
Otras
mujeres, como la señora Encarnación —apodada la Virgen, madre de Pulga—
también ejercían como parteras. Pero Paulina era la más buscada, no por su
técnica, sino por su valor y compromiso.
🏡 Partos en casa: entre la tradición
y el riesgo
Las condiciones eran rudimentarias: agua hervida, toallas limpias, utensilios básicos. La anestesia o la sedación eran excepciones; las mujeres soportaban el dolor acompañadas por vecinas y familiares, en un ambiente íntimo pero frágil. Los riesgos eran altos: hemorragias, fiebre puerperal o complicaciones obstétricas podían convertirse en tragedias. En casos graves, como el de Carmina —la del señor Isidro—, Paulina supo advertir:
“Si no lleva
usted a la mujer a Zamora, se queda sin ella y sin el hijo”.
El traslado a Almendral (médico que atendía los partos en Zamora) salvó a madre e hijo, confirmando su reputación como
mujer de criterio y firmeza.
Su último
parto asistido, con casi 90 años, fue a una mujer de Trabazos, en
Alcañices, su marido pedía auxilio a las puertas de Don Manuel, siendo
trasladada a casa de Angelita, su hija, acudió deprisa y ayudó a nacer a un
niño más en la comarca, cerrando así una vida dedicada a la comunidad.
🏥 Los años cincuenta: una maternidad
entre dos mundos
El franquismo exaltaba la maternidad como deber patriótico y moral. La Ley de Ordenación Sanitaria de 1944 había regulado la formación de las matronas profesionales, pero en el ámbito rural su presencia era escasa. Los médicos empezaban a ganar terreno, y los hospitales se presentaban como símbolo de modernidad y seguridad, aunque también implicaban pérdida de autonomía para las mujeres, sometidas a protocolos fríos y jerárquicos.
Mientras en
las ciudades se introducían fórceps, episiotomías rutinarias y sedaciones, en
pueblos como Alcañices persistían las redes de apoyo vecinal y el saber
femenino. Las parteras eran mucho más que asistentes técnicas: eran
confidentes, consejeras y guardianas de la vida.
✨ Legado y memoria
La historia
de Paulina Cezal Calveche es la historia de miles de mujeres que, con medios
modestos y gran valentía, garantizaron el nacimiento de generaciones enteras.
Su labor no se inscribe en manuales de obstetricia, sino en la memoria viva
de sus pueblos, en los relatos que aún hoy cuentan sus hijos, nietos y
vecinos.
En una época
de precariedad y aislamiento, estas parteras sostuvieron a sus comunidades.
Recordar a Paulina es reconocer el valor del saber popular, la solidaridad
femenina y el coraje rural, elementos que, aunque a veces invisibles,
fueron esenciales para la supervivencia y cohesión de la España del siglo XX.
🕯️ La partera de piedra y silencio
La madrugada aún no había roto del todo cuando la señora Paulina —vestida con su eterno vestido oscuro y el pañuelo bien atado— cruzó el umbral de la casa con paso firme. El suelo de barro crujía bajo sus zapatos gastados. En sus manos, una toalla blanca, una botella de aguardiente, y el saber de generaciones.
Dentro, el aire era denso. La joven madre, tendida sobre mantas, sudaba
entre suspiros y quejidos. La señora no hablaba mucho. No hacía falta. Su sola
presencia traía calma. Se arrodilló junto al lecho, colocó una mano sobre el
vientre y otra sobre la frente. Murmuró algo que no era oración, pero sí
consuelo.
El parto fue largo. Afuera, los gallos empezaban a cantar. Dentro, ella
guiaba con paciencia: “Respira, hija. Ya viene.” Su voz era roca y río. Cuando
el llanto del recién nacido rompió el silencio, la señora lo envolvió con manos
que habían recibido decenas de vidas. Lo alzó, lo mostró a la madre, y luego lo
acercó al fuego para limpiarlo con agua tibia.
No pidió agradecimientos. Solo se quedó un rato más, sentada en una silla
baja, vigilando que todo estuviera en su sitio. Luego, como vino, se fue. La
puerta se cerró tras ella, y el día comenzó.






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