La riada que partió San Vicente

Fue una noche de agua desatada. El cielo no llovía: escupía, rugía, se vaciaba entero. No era lluvia, era un torrente de rabia, una descarga que parecía no tener fin. Los truenos golpeaban como martillazos en la sierra, y cada relámpago hacía que el valle se encogiera de miedo, iluminando por un segundo el río crecido, la espuma arremolinada, los chopos que se doblaban como juncos frágiles.

El río, que siempre había sido compañero de paso, amigo de huertos y de molinos, se volvió enemigo de golpe. Bajaba con furia, con espuma en los dientes, como si quisiera tragarse el valle entero. Y lo hizo. Se llevó lo que pudo, y lo que no pudo, lo destrozó.

El puente de San Vicente de la Cabeza, ese que unía las dos almas del pueblo —la de los que vivían junto a la iglesia y la de los que tenían las eras y el molino—, no aguantó. Era de piedra, viejo, de siglos, pero el agua no entiende de historia ni de memoria. Se lo llevó la riada, entero, como si fuera de papel. Un crujido, un golpe seco, un rugido que tapó incluso al cielo, y luego nada. Solo agua. Solo distancia. Solo el vacío de un lado al otro.


El pueblo quedó partido en dos. La gente de un lado miraba al otro como si fueran tierras extranjeras. Ya no se oían los saludos al pasar, ya no se podía ir con un simple salto de paso a paso. Para ir al molino, al huerto, a casa del tío o al rebaño, había que dar la vuelta por las peñas, por el Callejín, por sendas que eran más de cabras que de hombres. Algunos cruzaban por troncos mal amarrados, otros se aventuraban sobre las piedras mojadas, y otros simplemente esperaban que el río tuviera la decencia de bajar. Pero el río no tenía prisa, no conocía la palabra espera.

—¿Y tú dónde estabas metido aquella noche?
—En la ventana, mirando cómo se lo llevaba todo. Las zancas del puente, boca arriba, dentadas, parecían huesos rotos en mitad del agua.

Dicen que fue por los años cuarenta y tantos. Otros aseguran que en el cincuenta. No importa la fecha exacta: lo que todos recuerdan es el silencio que vino después. Un silencio extraño, pesado, como si hasta los pájaros hubieran decidido callarse.


El cura no pudo cruzar para el entierro de aquella semana. Desde la otra orilla, alzó la voz, rezó lo que pudo, y el resto quedó en manos del pueblo. Los hombres cavaron la fosa, las mujeres entonaron plegarias sin responso, y el muerto fue despedido sin campanas, sin incienso, sin misa. Solo con la certeza de que el río había impuesto sus condiciones. El caballo del difunto se quedó mirando el agua, sin atreverse a entrar, con el río lamiéndole las patas hasta la brea.

Y así fue durante días, semanas, quizá meses: un pueblo dividido en dos mitades que se miraban con desconfianza, aunque en el fondo fueran la misma sangre, las mismas casas de piedra, las mismas manos encallecidas. Los niños gritaban de una orilla a otra, como si jugaran, pero en el fondo aprendían demasiado pronto lo que significa estar separado.

Hasta que un día, cansados de esperar a que alguien viniera a tenderles un nuevo puente, fueron ellos mismos los que se pusieron manos a la obra. Clavaron unos chopos jóvenes a modo de pilotes, arrastraron piedras, cruzaron tablones por las peñas, y poco a poco la memoria empezó a coser lo que el agua había roto. No fue un puente elegante ni sólido como el de antes, pero era suficiente para volver a cruzar, para volver a saludar, para que el cura pudiera ir de entierro en entierro y el molino volviera a moler para todos.

Desde entonces, cada vez que el río crece y amenaza, los viejos del pueblo dicen lo mismo:
—No os fieis. El agua da, pero también quita.

Y al mirar la corriente, todavía creen escuchar, en lo hondo, el crujido de aquel puente, como un eco que nunca terminó de apagarse.

Con la colaboración de J.P. Blanco Vaquero


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